estrachas del ocelote

Pequeño almacén de letras



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domingo, 8 de septiembre de 2013

Madrid 2020


 
La semana pasada me apunté de voluntario a la candidatura de Madrid 2020. Básicamente, me impulsó a hacerlo el haber podido decirles en un futuro a mis nietos nonatos, que su abuelo fue voluntario en la consecución de un hecho histórico. Ahora tendré que buscarme algún otro logro que, eventualmente, pueda impresionarles, y me parece que no tengo mucho donde elegir.
 
La andadura de esta mañana me llevó por un sitio que ya me es bastante habitual. Cogí el anillo verde ciclista de Madrid que pasa a un par de cientos de metros de mi casa. Y llegué a la plaza de La Alsacia, de la que a tan solo un tiro de flecha más allá, me di la vuelta para regresar por donde había llegado.
 
En la plaza de la Alsacia hay una gran isleta central que hoy alberga la salida y acceso a una estación de metro, además de un intercambiador de diversas líneas de autobuses urbanos. Es, por tanto, un espacio de tamaño difícil de ignorar; y en él, y en su momento, el entonces alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, hizo instalar un pedestal de heroicas dimensiones que soportaba unas grandes letras con una leyenda parecida a esta:
 
 
 
MADRID
2M12
 
 
Esta mañana, esa leyenda había vuelto de la tumba, y era de nuevo visible. Como si se tratara de uno de los "otros" de Amenábar, el Madrid 2012 vigilaba los rostros de los ciclistas, corredores y paseantes de hoy, escudriñando si su decepción de ahora era como la que hubo entonces, hace 8 años, cuando toda esta pesadilla comenzó. Pero no, no lo era. Yo lo sé porque me he cruzado con todos ellos en mi paseo matutino, y lo he podido comprobar con un rápido recorrido visual por sus semblantes callados. Y es que la decepción es un objeto de disponibilidad finita, y se va agotando. Como las galletas Chiquilín, ni más ni menos.
 
Un par de kilómetros más allá, el anillo ciclista llega al Estadio de la Peineta, en San Blas-Las Rosas. Allí donde otrora, ayer, pensábamos que iba a celebrarse la ceremonia de inauguración de dentro de 7 años. Pero ya no podrá ser. El estadio se ha convertido esta noche en un holograma, y se ha empezado a pixelar. Los vecinos dicen que no quedará ni rastro de él en apenas 72 horas, el tiempo justo para que a Bárcenas se le caiga del maletín algún otro papelillo, mientras pasea inquieto por los pasillos de los juzgados.
 
Realmente no estaba de Dios -ese Dios mutante de 96 cabezas- que yo fuera voluntario olímpico.
 
 
 


sábado, 24 de noviembre de 2012

El "fracaso" de una huelga general

Diversas fuentes de opinión han señalado que la huelga general que tuvo lugar en España el pasado 14 de noviembre fue un fracaso. Parece claro que el hecho que se maneja para concluir en esa calificación, es que el seguimiento de la misma no fuese mayoritario. O puede que incluso fuera más cierto decir que fue escaso.

Sin embargo, una huelga general no es un objetivo en sí misma, y, por tanto, no se puede valorar como éxito o fracaso. Eso habría que hacerlo en relación al objetivo al que está asociada la acción de huelga; y que me da por pensar que era la de “informar” a los que mandan, de manera expresa y sin posibles interpretaciones extraviadas, que la ciudadanía está en contra de la forma en la que se están haciendo las cosas, fundamentalmente en lo relativo a la gestión de la crisis. Claro, todavía existe un pequeño grupo de opinión (y probablemente siempre lo hará, en alguna medida) que intenta mantener vivo un cierto romanticismo histórico, según el cual una huelga general es una acción que persigue un objetivo singular e identificable, como el derrocamiento de un gobierno. Esta posibilidad que es verosímil para algunas personas, me traslada a hace más de un siglo, cuando la sociedad se explicaba en gran medida por la dualidad entre capital y trabajo, y la lucha de clases era el principio fundamental e inevitable de una convivencia en constante estado de incertidumbre.

Si analizáramos los factores que afectan al seguimiento de una huelga como esta, puede que tuviéramos que aceptar que, aún en el hipotético caso de que hubiera un único dato de seguimiento real y compartido por todas las partes (tengo la percepción a este respecto, de que la guerra de cifras ha sido, en esta ocasión, una contienda suave y breve), éste no sería un indicador válido del ánimo de la ciudadanía. En efecto, eso parece un hecho indiscutible, teniendo en cuenta que un porcentaje abrumadoramente mayoritario del empleo en España se encuentra en la pequeña empresa, en la que empleado y empleador se juegan a bloque los garbanzos con cada día de su actividad profesional. Y exactamente lo mismo ocurre en el caso de los autónomos. Así que parece que la posibilidad de un seguimiento mayoritario de una huelga general (no me refiero en absoluto a huelgas sectoriales) hoy no es sino una quimera. Aquí, tendrán que ser las organizaciones sindicales, las que en el futuro hagan un trabajo de imaginación e innovación, para actualizar, eventualmente, la forma en que las movilizaciones pueden llegar a ser igualmente efectivas, y sus resultados menos manipulables.

Porque sí. Aunque el decir que la huelga general ha sido un fracaso puede responder a una cierta falta de reflexión sobre la correcta utilización de las palabras, el ánimo más frecuente a la hora de hacerlo es el de manipular el significado de un hecho. Entiendo que determinados medios de comunicación (y entiendo bien), son, con independencia de la escora ideológica que muestren, perfectamente conocedores del significado de las palabras; de tal forma que al leer en sus ediciones que la huelga general ha sido un fracaso (cuando no un “absoluto fracaso”), tendríamos que entender que, en su opinión, la mayoría de los ciudadanos otorga su aquiescencia a las políticas anti-crisis del Gobierno. Y parece que esa es una conclusión, cuando menos, apresurada. Sobre todo si pensamos que las manifestaciones vespertinas del día 14 de noviembre, difícilmente se pueden tildar de fracasos.

Al margen del escaso servicio -no digo ya al país, porque puede que dentro de un puñado de años todos andemos cantando loas al buen juicio de este Gobierno, que ojalá- a la deseable práctica de describir con honestidad la realidad, que esos medios de comunicación hacen, uno tiene la íntima esperanza de que en algún despacho de las instituciones gubernamentales, los que rigen los destinos del Estado entiendan que la convocatoria de una huelga general es algo serio. Que no se hace por pasar el rato, y que será que algún nivel de descontento existe entre la población administrada.

Hoy desayunamos con la noticia de que en la cumbre europea de esta semana que ha tratado la aprobación del presupuesto comunitario para el año 2014, se han identificado claramente dos bloques. Uno de ellos, el de los países con menores dificultades presupuestarias y de acumulación de deuda, que tratan de restringir a velocidad de vértigo esa parte del presupuesto comunitario que respalda las políticas de crecimiento en Europa; y el otro que está formado por los que necesitan algo más de tiempo para ir corrigiendo sus desequilibrios financieros, y entre los cuales se encuentra España.

Es curioso. España tiene hoy idénticas razones (si ello fuera posible) para hacerle una huelga general a Alemania, que la “fracasada” convocatoria del 14 de noviembre para hacérsela a Rajoy.

sábado, 7 de abril de 2012

El fraude fiscal y otros fraudes consentidos



El fraude fiscal en España está cuantificado en una suma tal, que de acabar totalmente con él, se cubriría todo el déficit presupuestario. Y aunque hay parte de él, el derivado de las necesidades materiales mínimas de algunos y de sus medios de supervivencia, al que no sería prudente atacar en este momento, la tarta aún daría para un multitudinario cumpleaños. Bien. Esto no deja de ser un planteamiento demasiado teórico. El papel lo aguanta todo, y en el terreno de lo posible, acabar con el fraude fiscal no es tan sencillo. Y menos en este país de Guzmanes de Alfarache. O sea, de tramposos, aprovechados y gente de escasa severidad con la propia conciencia (no vaya a ser que no se me entienda bien por culpa del adorno literario). Pero una cosa es que arreglar las consecuencias de los hábitos insolidarios de algunos ciudadanos no sea fácil, y otra muy distinta, el convivir con ellos con naturalidad.

Todos (y cuando digo todos quiero decir todos sin excepción) conocemos a gente que no cumple del todo con sus obligaciones fiscales. Y no digo con esto que todos seamos defraudadores, no. Lo que quiero decir es que el fraude fiscal no es patrimonio exclusivo de los tiburones profesionales de las Bolsas de Valores y los mercados financieros, ni de la gente titular de patrimonios exorbitados. Veo a gente a quien se le pone la vena del cuello gruesa por culpa de la vehemencia que les ataca cuando se refieren a la amnistía fiscal parcial introducida por el gobierno en los Presupuestos Generales del Estado del año 2012, y veo, con decepción, que son los mismos que te dicen un día sí y otro también: “eso no hay que meterlo en la declaración de IRPF. Hacienda aún no puede cruzar esos datos”. Hace poco un tipo que conozco, y que es el paradigma de la crítica al ‘comportamiento manirroto de las Administraciones del Estado’ (el tipo en cuestión dixit), me dijo esta frase, capaz de petrificar a cualquiera a lo Lot’s Family Style: “El fraude fiscal no es lo mismo que la elusión fiscal. No hay que confundirlos”. Elusión fiscal: inefable eufemismo. Bien, pues este tipo no es un bicho raro, por mucho que no sea un buen bicho. No nos engañemos.

Lo cierto es que el Ejecutivo Español ha arrojado la toalla. Reconoce abiertamente el fracaso de la actuación comprobadora del Estado sobre las ganas de los españoles para cumplir con sus obligaciones tributarias. Y si uno se pone a desmenuzar el asunto en términos de sentido común, tiene que llegar inevitablemente a la sospecha de que no es posible que todos los miembros del cuerpo de Inspección de la Hacienda Pública Española sean dejados o negligentes o corruptos o incompetentes. No. Lo más probable es que solo un porcentaje muy pequeño de ellos pertenezca a alguno de esos grupos. De manera que la siguiente conclusión, necesaria, es que el Estado no les provee de los medios necesarios para hacer su trabajo de una manera eficiente y efectiva. Y ahí la cosa tiene mala disculpa ni fácil utilización partidista, porque eso sí que es una clara negligencia de los gobiernos españoles durante los últimos 30 años. La amnistía fiscal parcial incorporada a los PGE del 2012 es un reconocimiento, triste y doloroso, de que no somos un país serio. Y me da igual que me digan que esto ya se había hecho antes en España, o que se ha hecho también en otros países de la Unión Europea. No somos un país serio. No, no lo somos. Así que haciendo un rápido inventario de hechos insólitos en este país en el que el tuerto es el amo, me encuentro con algunos muy claros.

A pesar de que la situación del país es casi desesperada (esto parece ser lo único en lo que los partidos políticos están de acuerdo), el tan celebrado Gran Pacto de Estado, cuyo establecimiento han prometido fomentar los dos grandes en distintos momentos del pasado (en los que, por cierto, la situación no era tan mala), hoy puede esperar. No hay tiempo que perder, y no se puede dejar la inaplazable tarea de soltar mandobles al contrincante político, para cuando lo que tenemos encima escampe un poco. No. Unos llevan a cabo acciones de gobierno que les parecían censurables hace un par de años, y los otros censuran hoy lo que ellos quisieron hacer entonces. No hay más otra que sentirse defraudado con la clase política. Ellos son los protagonistas de otro fraude hacia los ciudadanos. La exhibición de conductas que demuestran que la vocación de servicio a ellos es una definición que les es bastante ajena. Y aunque su valoración, una y otra vez, no llega al aprobado en opinión de aquellos a cuyo examen deben someterse, parece que nunca recogen la papeleta con la calificación. Sin embargo, esos mismos calificadores que no aprueban a las figuras políticas en las encuestas, siguen dándoles su voto en las consultas electorales. Quizá piensen que no hay otras opciones a las que votar, y que más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer. O quizá siguen viviendo la fantasía de que existen ideologías diferenciadas, basamentos específicos en lo referente a la moral social y la concepción del Estado, debajo de los partidos mayoritarios; una verdad a cuartos (ya ni a medias llega a ser) porque lo único que éstos mantienen diferente es el escaparate para ver si así tientan al comprador. Luego, en el cuarto trasero, almacenan idéntico producto. En la pasada campaña electoral de las legislativas de noviembre de 2011, hubo partidos que anunciaron su intención de hacer de la lucha contra el fraude fiscal su principal argumento de gobierno. O sea, que había alternativas. Pero se conoce que no supimos escucharlos atentamente, porque no obtuvieron el respaldo necesario como para condicionar y vigilar la acción de gobierno. También es verdad que la ley electoral que tenemos, un flagrante fraude, otro más, a la representatividad efectiva en el Parlamento, no les ha ayudado demasiado.

Mientras tanto, determinados grupos sociales y políticos enarbolan la pancarta de que el Estado del Bienestar es un concepto etéreo e ingrávido. Una realidad ectoplásmica cuya conservación depende exclusivamente de la voluntad de las personas, sin que tenga importancia alguna el hecho de que haya o no dinero en la caja. Y que además, su eliminación puede ser considerada como un bien por parte de algunos, y en consecuencia, buscada conscientemente. Y hay quien compra estas ideas. Parece que en tiempos revueltos, los mercadillos del disparate, la demagogia y el fraude conceptual funcionan bien. Somos como esas comunidades de vecinos en las que se decide arreglar el ascensor (por unanimidad, como está mandado), y en las que a renglón seguido se rechaza la subida del recibo mensual para poder pagarlo.

El triste corolario que se me ocurre para todas estas reflexiones, admito que no muy optimistas, es que se puede comprender perfectamente a los jóvenes, esos ciudadanos de músculos y voluntad aún vigorosos, cuando toman la difícil decisión de buscar una solución a todo esto en otro lado. Y es que, aunque duele decirlo, verdaderamente este país está para irse.

lunes, 5 de marzo de 2012

Genio y figura


Veo en televisión que Juan José Padilla, con la vista limitada a un solo ojo, y acudiendo casi cada día al hospital para seguir con los tratamientos que su situación médica requiere, se ha vuelto a vestir de luces en una plaza de toros, tan solo cinco meses después de haber sido herido gravísimamente en múltiples zonas de su rostro. Al reaparecer no ha pretendido el elogio por la épica de su recuperación o el insólito ejemplo de voluntad que supone su decisión. Se ha limitado a decir que el ser torero es su trabajo, y que ya está en condiciones de trabajar.



 
Trataba de darle los dieciocho pases que pensaba que eran imprescindibles para salir por la Puerta del Príncipe. Y aunque todo el público comprendió al octavo, que la faena ya no tenía más recorrido; él dio el noveno y el décimo, y siguió, aún, arañando más pases.

Algunos de los espectadores que se dan cita en La Plaza aman a estos lidiadores que lo dan todo. Aunque nadie les pida que den más de lo que hay que dar. Por ello, se mantienen en silencio durante la serie, y al final de ella no protestan. No muestran su desencanto. Sólo callan y, en su interior, lloran de rabia ante la ceguera del diestro.

Cuando, irremediablemente, la vuelta al ruedo no se presente a su cita de esta tarde, ellos seguirán en su asiento, y aplaudirán al maestro al abandonar la plaza, porque no es de justicia olvidar las gestas de otras ocasiones, la épica que hay en la historia anterior al paseíllo de hoy.


Mayo de 2004



Ilustración: Cristina Baratto Casadevall
http://www.barattocasadevall.com/index.php

sábado, 25 de febrero de 2012

El Sistema


El Sistema es como el ojo del Gran Hermano. El Sistema es un concepto difícilmente definible para el ciudadano medio de la calle que, aunque algo apurado, va tirando mal que bien. El Sistema es también algo completamente ignoto, mágico y severo, para el pobre de solemnidad a quien ya no le queda ni atisbo de esperanza; ni falta que le hace, porque la esperanza ni se come ni se habita. El Sistema se llama así, a secas, con mayúscula y sin apellidos. Y no se le puede poner apellidos porque para poder hacerlo, se necesitaría saber sobre quién descansa la responsabilidad de dirigir su comportamiento, y la facultad de modificar sus reglas inefables. El Sistema es como Deep Blue, aquel famoso ordenador que jugaba al ajedrez, y ganaba partidas a los grandes maestros internacionales, y al que no se le programó instrucción alguna que no tuviera relación con el objetivo de aplastar a su enemigo. Por eso El Sistema es incompatible con la naturaleza humana, o, al menos, con aquella que hasta hace algún tiempo pensaba yo que debía corresponderse con nuestra capacidad emocional. Y sin embargo, El Sistema es vehementemente defendido por un numeroso grupo de hombres, que dicen que su funcionamiento es perfecto y sin fisuras. Éstos, los dueños del secreto, no han mudado, aparentemente, la piel y los huesos con los que nacieron, por combinaciones líticas de cuarzo, feldespato y mica. Así que son, en alguna medida, como el propio Sistema: seres de difícil definición. A veces me pregunto si no serán descendientes, mimetizados en el gris inconcreto que forma la población humana vista desde el espacio exterior, de la bella y mítica Diana, aquella mujer 'visitante' a la que le cabían con holgura los ratones por la garganta, aún cuando éstos se agitaran inquietos, intuyendo que el viaje que iniciaban no podía terminar en nada bueno.

Estos días Grecia, con toda su población asustada, y repleto su macuto de pecados capitales (aunque nada tengan que ver con la religión), se ha puesto frente al Sistema, escrutando con angustia el sentido que se disponía a tomar el pulgar de aquel que todo lo puede. Y hoy, me he asomado a una de las ventanas que el ingenio humano nos ha proporcionado para poder ver de cerca los tejidos del Sistema (sin que ello nos permita poder abarcar la comprensión global de su funcionamiento, claro está), y veo que la prima de riesgo de la deuda soberana griega es de 3.235 puntos básicos. O sea, que si Grecia logra que alguien le preste dinero, tendrá que remunerarlo al 34% (decima arriba, decima abajo), un tipo de interés que haría sonrojar al mismísimo Shylock. Y se hará aún más pobre, porque el afrontar el pago de esos intereses no le permitirá ahorrar. Y entonces le prestarán el dinero más caro todavía porque no es un buen ahorrador. Y así una vez, y luego otra…

Si diéramos a elegir a los griegos, no me extrañaría en absoluto que prefirieran ser ratón.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Los políticos también lloran


Hace apenas un par de semanas, la Ministra de Trabajo del Gobierno Italiano, Elsa Fornero, no pudo contener el llanto en el momento en que anunciaba en rueda de prensa, y en compañía del Primer Ministro Mario Monti, las durísimas medidas de ajuste que el ejecutivo italiano tendrá que tomar, para adaptar su caminar “presupuestario” al que le es exigido por los países miembros de la zona Euro, o por los que opinan más dentro de ese Club, o simplemente por las circunstancias económicas. Lo mismo me da, que no es mi intención aquí, el defender la bondad del ajuste presupuestario “exprés”, como forma de supervivencia económico-financiera para Europa, en detrimento de otro ajuste presupuestario más pausado, que también se baraja; o de este último sobre aquel.

Lo que me interesan son las lágrimas de la señora Fornero. Y es que decir a millones de pensionistas, y hacer, a un mismo tiempo, propia la decisión que se comunica, que aún a pesar de que muchos de ellos lo están pasando ya mal, ahora tendrán que empezar a pensar que no era, en realidad, demasiado mala su situación anterior, tiene que doler. Y mucho. Después de ver este episodio, he ido, metódico, a mi agenda de consejos de autoayuda vital, y he anotado otra razón más para convencerme de por qué no hay que trabajar en política. Joder, con lo mal que llevo yo los finales emocionalmente intensos de las películas, como para ponerme a prueba con situaciones de esta índole.

Sin embargo, Elsa Fornero forma parte de un gabinete que se ha dado en denominar como “tecnócrata”, y muchas voces en los medios y aún en las tertulias de bar, han focalizado sus conversaciones en la diferencia que existe entre gobiernos de “políticos profesionales” (un concepto un tanto inconcreto para mis entendederas) y gobiernos de tecnócratas, a raíz del ejemplo italiano. Me pregunto si acaso la ciudadanía espera de un ministro una epidermis lítica que le impida sentir, o al menos hacerlo visiblemente, que a veces hay cosas que son una putada, sí o sí, con absoluta independencia de los objetivos de poder que puedan perseguir los partidos a los que pertenecen. Y ya puestos, me pregunto qué habrán sentido los italianos al ver la mejilla humedecida de Elsa Fornero, o si acaso habrán dicho para sus adentros: “esto no importa porque, después de todo, la ministra Fornero es una tecnócrata, y no una política profesional".

Claro, que ahora pienso en las lágrimas de Patxi López, cuando el pasado mes de octubre, la emoción le enmudeció durante la celebración de un acto de campaña en el País Vasco. Quizá se dio cuenta, de repente, de que en lo sucesivo su vida, y la de muchos otros en Euskadi, podía acercarse un poquito a la normalidad de no tener que cambiar de ruta en los desplazamientos de cada día, la de poder hacerse “parroquiano” de alguna de esas singulares “iglesias” que cuentan con un grifo de cerveza, o la de ir al quiosco dando un paseo. Más agua y más sal. Pero esta vez de un político profesional. “¡Bah, naderías!” debió de pensar un eminente y conocidísimo locutor de radio. Uno cuyo nombre no me sale en este momento, pero que seguro que ustedes conocen. Uno que sabe más que todos nosotros juntos, ustedes vosotros, los que leáis esto, y yo, de política, de cocina, de música, de procesiones de la Semana Santa sevillana, de fútbol y, seguro, segurito, que de muchas otras cosas; y que dijo literalmente, al hilo del episodio de Patxi López, que “un político ya tiene que venir llorado de casa”. ¡Caray! Dura y sorprendente sentencia de quien, curiosamente, debería comprender bien lo que es sentir la propia vida amenazada por una banda de criminales. Pues una cosa les digo: ahora que me han abierto los ojos, los mismos que utilizo para llorar, caigo en que hemos malgastado el dinero tontamente. En lugar de blindar coches oficiales, hubiéramos ido más por lo derecho blindando los “37 grados con un montón de huesos y algo de pellejo alrededor” de los políticos. De esa forma, además de ahorrarnos cantidades astronómicas de dinero en la adquisición de Audis de a ochocientos papeles de los de color moradito (que sé que existen porque hay fotos de ellos en Internet), la unidad; les hubiéramos protegido de caer en la desgracia de tener emociones. De la tentación de rebajarse a sufrir comportamientos biológicos despreciables, más propios de tecnócratas italianos venidos a más, y, desde luego, del grueso de los miembros del colectivo de los administrados.

Quién sabe. Igual nos parece preferible para el cometido de administradores, el contratar a personas antes que a robots.


jueves, 20 de octubre de 2011

Steve Jobs: Un empresario en vaqueros


Hasta hace apenas un par de semanas, solo un pequeño porcentaje de la población mundial (dentro del cual, un servidor no se encontraba) sabía quién era Steve Jobs. Es normal. Supongo que la popularidad mundial que acompaña a algunos personajes, se da fundamentalmente cuando éstos se dedican al ejercicio de la política o el deporte. O cuando son artistas de reconocido prestigio en el mundo de la música o del cine. Me da por pensar que el perfil del conocedor de la figura de Steve Jobs (antes de que su rostro fuera portada de todos los diarios y programas informativos del planeta) se corresponde con el de una persona experta en las grandes finanzas internacionales, ya sea como actor en ellas, ya como docente universitario o de una escuela de negocios. A este grupo, probablemente, faltaría por añadir a los incondicionales fans de la marca Apple. Que los hay. Pero en realidad yo no voy a referirme ni a los unos ni a los otros. Yo, de lo que quiero hablar es de los vaqueros de Steve Jobs.

Si alguien me abordara, inesperadamente, preguntándome a bocajarro sobre cuáles son los iconos inevitables que acompañan a la imagen y la vida de un empresario, me pondría en un aprieto gordo. De hecho, no sabría contestarle. Seguramente el pensamiento se me iría, en un primer momento y de manera intuitiva, a la galería de tópicos al uso. En ella encontraría que un empresario es un hombre muy, muy rico, al que le resulta de escaso interés cualquier asunto material o espiritual que no sea el ganar dinero. Una persona resuelta y ejecutiva, que piensa que la filantropía es una cualidad pasada de moda, si es que alguna vez lo estuvo, y que suele vestir con traje y corbata, si es hombre, o de traje de chaqueta, cuando se trata de una mujer.

Después de semejante definición, grosera, primaria y cargada de prejuicios, empezaría a perfilar un poco más. Como quiera que esta crisis recalcitrante ha puesto negro sobre blanco (aunque no se trate de algo nuevo) el hecho de que hay un montón de empresarios pequeños que no llegan a final de mes, no solo con las nóminas de sus empleados (que a menudo son menos de dos), sino con la despensa de su casa; me veo obligado a cambiar la deriva del disparo. Ahora voy a suponer que me preguntaran solo por grandes empresarios. O sea, aquellos cuyas compañías y productos han tenido un éxito apabullante en cualquier rincón de nuestro primer mundo (los otros mundos existen, pero no juegan en esta división, aun cuando forman parte nuclear del proceso de optimización de costes de las grandes empresas que están debajo de los grandes empresarios). Entonces, tengo que traer más ingredientes, imprescindibles, a la definición que venía intentando antes. Otros tales como el espíritu innovador, o la clarividencia acerca de cómo detectar las necesidades de las personas (o de inventarlas, si es necesario), o la utilización eficaz de los ventajosos mecanismos que existen en ese ente tan insensato que llamamos “Globalización”.

Ya creo que me voy acercando al resultado final. Pero aún así, no me atrevo a contestar a mi inquisidor imaginario. Y no lo hago, porque en un último momento de lucidez, recuerdo algo que todos damos por aprendido, pero que con frecuencia demostramos no saber. Y es que establecer estereotipos es un sinsentido, cuando se hace con las personas. No así en el caso de los fenómenos meteorológicos, campo en el que resulta más que útil.

Y ya está. Esto no me ha servido de gran cosa, porque no hay conclusión. Así que me voy a ver la tele un rato. Y veo en ella que los informadores ponen a la figura de Steve Jobs en la cima de una nube que representara alegóricamente el progreso humano. Y sí. Aunque nunca conocí a Steve Jobs, estoy seguro de que fue un gran tipo. Lo que no me queda muy claro es por qué una vez muerto, ha sufrido esa metamorfosis póstuma que lo ha llevado a ser un visionario, un ejemplo para todos, la persona que ha cambiado nuestro estilo de vida (sic), abandonando de esa forma el grupo formado por todas aquellas otras personas, que tan mala prensa tienen entre muchos sectores sociales, y que, como él, cumplen con las características de mi malogrado intento de definición de lo que es un empresario.

Y veo sus pantalones vaqueros. Y me pregunto cosas… que no consigo contestarme.

miércoles, 13 de julio de 2011

El que es y el que no es




Ahora que todos sabemos algo más de economía, o al menos de la fase crítica en la que ésta se encuentra hoy, el término Mercado (con M mayúscula de ente poderoso, justo, neutro e insobornable; que no de Mercado de San Miguel), nos es mucho más familiar que antes. Oigo hablar a los estudiosos de la ciencia económica, del Mercado. Y lo hacen describiéndolo sobre una pizarra que empieza inmaculadamente vacía, y acaba por estar completamente llena de teoría económica. Eso es, de teoría. Oigo hablar también del Mercado que acoge en su seno a Wall Street, a los Bancos Centrales, a las primas de riesgo y a muchos otros conceptos ("confianza" incluida, aunque parece que hace tiempo que se fue de vacaciones a algún idílico lugar del Pacífico Sur). Entonces hago unos cálculos sencillos, y puedo contar dos Mercados distintos (e insisto, ninguno de ellos es el de San Miguel).

Hace ya más de dos años y medio que se celebró la tan celebrada “Cumbre de Washington”, a la que acudieron representantes del G-20. A aquella reunión de entonces se le dio ese nombre, sin añadir nada más, como por ejemplo “para la refundación del sistema financiero internacional”, (aún cuando eso parecía pretenderse incluir en la agenda, por mucho que nadie supiera muy bien el significado de la frase en cuestión). Tampoco se concluyó el título de la congregación de sabios en la cosa económica, con la expresión “para acordar las medidas necesarias para salir de la crisis”, que también se entendía que ése era el ánimo de los concurrentes, o eso tenemos que creer. De manera que ¿para qué se reunieron en realidad? Pues yo creo que después de tanto tiempo de la ocurrencia (nunca mejor dicho) del evento, nadie lo sabe a ciencia cierta.

Justo antes del comienzo de la cumbre, los medios de comunicación se hicieron eco de un discurso de George Bush -que se encontraba en pleno proceso de transferencia de poderes a Obama-, en el que anunciaba (con el aserto coral de un número indeterminado de neoliberales, bien intencionados, desde luego), que de la cumbre no convenía esperar modificaciones en la regulación del Mercado, porque el Mercado había funcionado perfectamente bien hasta la fecha. Claro, ahora me lo explico todo. Como la peña no sabía muy bien a cuál de los mercados aludía Bush, tuvieron miedo de que los debates les condujeran a reformar el que no era; de manera que decidieron no aplicar receta alguna al que sí era.

Y así seguimos, dos años y medio más tarde.

lunes, 2 de mayo de 2011

La restricción de las libertades individuales



En los últimos meses, una serie de medidas adoptadas por el Gobierno, fundamentalmente la aprobación de la llamada ley anti-tabaco, han conducido a un cierto grupo de la ciudadanía (y no me refiero a medios de comunicación, que los hay, pero no hacen sino cumplir con su “sagrada misión” de intentar erosionar la imagen de quien manda) a concluir que las libertades individuales se nos están viendo progresivamente restringidas. Hay quien incluso dice que con Franco no había tantas prohibiciones como hay ahora, por mucho que las de entonces -eso he visto admitir también a algunas de las personas que sostienen esta teoría, y justo es comentarlo- tuvieran cualitativamente un peso mayor que las de ahora.

Mi experiencia es que las más de las veces que uno escucha este tipo de valoraciones, el que se pronuncia suele utilizar un tiempo impersonal, sin sujeto explícito. Expresiones como “Están procurando”, “quieren que estemos”, “lo que les interesa”, y otras aún de mayor contundencia conceptual, son aplicadas a no sabemos quién. Se conoce que existe algún tipo de hado, o Gran Hermano, o el mismísimo HAL 9000 nacido de la pluma de Arthur C. Clarke hace casi medio siglo, y que ha vuelto a tomar presencia entre nosotros para hacerse con las riendas de nuestra azarosa existencia. Yo no puedo negar por principio que las cosas que me gustaría que no sucedieran, estén, de hecho, sucediendo. Pero lo que sí creo, y no por principio ideológico o intelectual, sino por otro de carácter más físico, es en la imposibilidad de que los hechos se puedan dar por simple generación espontánea: “Nos restringen las libertades individuales. Cada vez nos prohíben más cosas”. Por favor, ¿me puede decir quién hace eso…?

Una vez superada esta etapa -en algunas ocasiones se consigue arrancar una respuesta, que normalmente es El Gobierno - llegamos a la fase de la búsqueda del móvil. Este problema se me antoja más complejo que el anterior, si aceptamos (hablo siempre de un entorno socio-democrático de corte Occidental, como es el caso de España) que la restricción de la libertad de los ciudadanos no es un bien en sí mismo. Entonces, ¿por qué razón procurarlo? Aquí ya el abanico de respuestas es caleidoscópico. Casi siempre se termina en que El Gobierno es solo, al final, un protagonista interpuesto al servicio de algún otro que queda en la sombra. Con lo cual, volvemos a HAL 9000, una vez más.

Es obvio que existen grupos de poder que condicionan la acción de los gobiernos. Esto no lo niega nadie. El lobby es un actor casi institucional, dentro de los pasillos de la política; cosa, por cierto, que nunca dejará de sorprenderme. Pero los grupos de poder se mueven siempre en función de un posible beneficio económico, y no entran en temas de legislación que pueda afectar a las libertades de los individuos. No les produce ni beneficio ni perjuicio alguno.

De manera que seguimos sin móvil. Y teniendo en cuenta que, en este caso, tampoco está muy claro qué forma adopta el finado, si es que hay alguno, me temo que no tenemos caso, que es una frase muy de fiscales en las series de polis.

Al final, todo se reduce, en el estado de cosas actual en España, a identificar (haciendo uso de una solemnidad que pretende hacer trascendente aquello que no tiene excesiva importancia, si es que no ninguna) la regulación del uso del tabaco en los lugares públicos con la fatal noticia de que asistimos a la progresiva e inexorable restricción de las libertades individuales. Un planteamiento un poco simple, que convierte la pretendida solemnidad que utilizan sus valedores, en una mera frivolidad.

Pero aún voy más allá, y niego la mayor de que la medida coarte la libertad de los fumadores de forma innecesaria, ya que la regulación precedente permitía a los no fumadores acudir a espacios sin humos. Yo no lo veo así. La costumbre de ir a los bares es un acto predominantemente social. De forma tal, que si los clientes habituales son grupos de personas, más que individuos aislados, es estadísticamente probable que en dichos grupos coexistan fumadores y no fumadores. En esa tesitura, o rompemos el grupo en dos partes, cada una de las cuales se irá a un local diferente, o los no fumadores se ven abocados a acudir al bar donde se permite fumar. Lo harán con gusto, porque, no en vano, se trata de estar con sus amigos, cosa que consideran de importancia superior al inconveniente de respirar el humo de los cigarrillos. Pero esa no sería jamás, en pura asepsia, su elección. Por lo tanto, ¿sufrían antes, de facto, una pérdida de libertad los no fumadores? Y no me sirve aquello de que son libres de irse a otra cuadrilla. La libertad y la consideración de lo que es posible y lo que no, son dos cosas que están completamente relacionadas. Yo tengo toda la libertad del mundo para ser piloto de Fórmula 1, pero ¿de verdad esa libertad representa un valor para mí? ¿Me es de alguna utilidad?

Por otra parte, están los dueños de los locales. Una vez que lo comentado en el párrafo anterior es una realidad, y creo que eso es innegable, ¿qué libertad les queda a los propietarios de dichos lugares de ocio para elegir hacerlos de no fumadores? Yo, si tuviera que decidir en semejantes circunstancias, no tendría ninguna duda. Se trata, al fin y al cabo, de la viabilidad del negocio. Y esa era la situación, en efecto, con la primera ley. El 97% de los bares permitían fumar. Un porcentaje algo diferente, y desde luego mayor, al de las personas que fuman. Así pues, con la primera ley se condicionaba la voluntad de dos colectivos, y con la actual, la de uno, menor en número a los otros dos.

Se conoce que HAL 9000 se ha averiado una vez más.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Reflexiones colaterales al asunto de la Ley Sinde





Al hilo de lo sucedido en estos últimos días en relación al asunto de las descargas de Internet que no pasan por taquilla, me hago una reflexión que no tiene que ver con la sustancia en sí del tema, sino con un hecho colateral que observé durante el proceso.

El día en el que el Gobierno perdió en el Congreso la votación para aprobar la famosa Ley Sinde, una de las preguntas favoritas de los periodistas a la Ministra (perpetradora del delito) era si pensaba dimitir. Otra pregunta que también tuvo mucho predicamento, pero planteada a otros políticos que no están en el partido que gobierna, fue si creían que la Ministra debería de dimitir. O sea, la misma pregunta en realidad, pero con mayor morbo y mejores probabilidades de éxito “periodístico”.

La pregunta, discúlpenme el exabrupto, es de una estupidez mundial. Y lo es porque lleva implícito el hecho de que cualquier miembro de un Gobierno sostenido por un partido que no tenga mayoría absoluta en el Congreso (hecho común, y cada vez más probable, según van las cosas), es carne de cañón permanente, no importa si su gestión es buena o mala. Es suficiente con que no prospere alguna iniciativa legislativa suya en la Cámara.

Dándole la vuelta a la cosa, me temo que un ministro que nunca debiera dimitir, ni ser preguntado al respecto, por mucho que fuera un desastroso administrador de ciudadanos, sería aquel que perteneciera a un Gobierno sostenido por un grupo parlamentario con mayoría absoluta. En ese caso, es probable que las preguntas de los periodistas fueran más hacia el manido asunto de la cruel insensibilidad del rodillo parlamentario. O sea, ni contigo ni sin ti, para variar.

No sé si lo pertinente es decir que uno nunca deja de sorprenderse en política; o justo lo contrario, y mantener que las cosas de la política ya no nos sorprenden jamás. Casi que me quedo con lo primero, que expresa un escepticismo sólo relativo, mientras que el de lo segundo es absoluto, y ya no tiene cura. Y no me indigna tanto la posición de los políticos, ocupados permanentemente en su trabajo, que no es otro que llegar al puesto de mando, como la de algunos periodistas, que se han acogido al “titularismo” como forma de ejercer su profesión, robándonos la ilusión, ya alojada hace tiempo en el almacén del romanticismo, de pensar que el llamado “cuarto poder” era del bando de los buenos. De nuestro bando.

martes, 5 de octubre de 2010

Todos los caminos llevan a Roma


El pasado 29 de septiembre hubo una Huelga General en España, a la que, si nos dedicamos a escuchar con cierta atención las distintas opiniones que se vertieron sobre ella antes de que se produjera (después, se ha hecho un silencio absoluto y mágico, como nunca antes se vio en relación a un hecho de tanta relevancia), aún no sabemos dar una interpretación que pudiera ser más o menos consensuada por la mayoría, y que nos sirviera, por tanto, para ilustrar los libros de Historia.

Nuestro Gobierno lleva un par de años dando “palos de ciego” en su intento por combatir esta crisis inmisericorde que nos está pasando por encima como si de un tsunami se tratara. Pero seamos justos: Los gobiernos de otras naciones equiparables a la nuestra en desarrollo y organización económicos, han estado en una situación muy parecida. A lo sumo, ellos daban “palos de tuerto” si aceptamos, y justo es hacerlo, que aquí la ceguera se nos vino antes por culpa de los calendarios electorales. Me parece que eso ya no lo discute nadie.

Lo cierto es que arrastrando esta situación desde hace tantos meses, puede que hasta el Gobierno se dé por bien parado con una sola Huelga General. O sea, que el que más y el que menos de los que se sientan en la mesa del Consejo de Ministros debe pensar (eso sí, por lo bajini): “Los sindicatos nos han dado ya mucha cancha, probablemente más de la que hubieran dado a algún otro”. Si a esto le añadimos que se ha alcanzado un acuerdo de servicios mínimos en materia de transporte, al menos en lo que a las competencias estatales se refiere, que es algo que a uno se le antoja un pelín contra natura en una situación de Huelga General; y que para definir el ambiente de la jornada se utilizó la expresión de que se había desarrollado con “absoluta normalidad”, que parece algo más ajustada a hechos festivos (fiestas patronales, elecciones legislativas, y cosas así), da la impresión de que el Gobierno, sin querer, quería esta huelga.

Los sindicatos mayoritarios han tenido tanta mano izquierda durante todo este proceso, que apenas sabían ya utilizar la diestra. Esto parece razonablemente verdad. Pero también es verdad que el axioma del “conflicto de clases” y las formas en las que se manejan las divergencias de objetivos entre empresarios y trabajadores, no son las mismas que hace, pongamos por caso, 32 años. Probablemente los sindicatos hayan sabido ver eso. Pero finalmente han aguantado hasta donde han podido. Y la raya a partir de la cual ya no les ha sido posible hacerlo se llama “dignidad”. Es así de claro. Ellos sabían de antemano que el Gobierno no podía dar marcha atrás en la reforma laboral aprobada, pero la “mala conciencia”, que entrecomillo con toda intención, ya no les dejaba otra salida que convocar la movilización. Resulta bastante ilustrativo el comentario de Ignacio Fernández Toxo, cuando manifestó que “convocar una Huelga General es una auténtica putada”. Yo creo que todos entendemos qué es lo que quería decir diciendo lo que decía.

Sin embargo, los sindicatos han sacado algo positivo de esta huelga huérfana de entusiasmo. A tres semanas del día 29 de septiembre, el que más y el que menos, creía que la convocatoria iba a tener un seguimiento infinitesimal. No había ambiente de huelga. Sólo desgana. Y sin embargo, las organizaciones sindicales se han puesto las pilas, y han conseguido hacer un test bastante afortunado del músculo movilizador del que aún disponen. Si con un móvil más que dudoso, el resultado, guerra de cifras al margen, ha sido el que ha sido, ¿qué hubiera pasado de haber contado con uno de contundencia más tangible?

En fin, que a los sindicatos se les han hecho muy largas las 24 horas del 29 se septiembre. Más que un día sin pan. Y me parece que los sindicatos no querían, queriendo, esta huelga.

Los trabajadores se han quedado en medio de todo este lío, como una isla que no tuviera ni aeropuerto ni muelle para barcos. Es como si hubieran visto una película en la que al salir del cine uno no está seguro de que el malo fuera tan malo, ni tan bueno, el bueno. O al revés. O tampoco. Ni los sindicatos se habían ganado su respaldo con la constancia suficiente, ni el Gobierno el beneficio de ser defendido.

Cuando hay una Huelga General, parece que lo razonable es que cada uno esté en el sitio que le corresponde. En esta, que además no servirá para cambiar el rumbo de las decisiones en materia legislativa que la motivaron, o puede que precisamente por ello, todo el mundo pareció jugar a las cuatro esquinas, y situarse dónde no se le esperaba. Pero hubo huelga. Parece que una vez más se demuestra que todos los caminos llevan a Roma.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Información por doquier




No diré que mi fe en la actividad política (de los políticos) se desmorona. En realidad, algo que se desmorona parece que requiere, de manera previa, de una cierta altura que permita a la caída alcanzar importancia. Y la cuestión a la que aludo nunca tuvo longitud suficiente, en lo vertical. Pero la actividad política significa muchas cosas distintas, y no voy yo embistiendo al bulto, sino que me refiero concretamente a la escasa capacidad de los políticos para abstraerse de vez en cuando de las "necesidades" organizativas, electorales y de supervivencia de los partidos a los que pertenecen, para centrarse en el núcleo de la cosa que debería ser el motor de su vocación, esto es, promover que se haga lo que más conviene para mejorar la situación de los ciudadanos, o al menos de la mayor parte de ellos; o cualquier otra definición de las miles de ellas que se podrían formular, bajo una intuitiva idea que es más o menos común para todos. Quizá no tanto para los políticos, cuando apoyada la cabeza en la almohada, se desvelan pensando en su ajetreado día de mañana.

Por otra parte, ya hace tiempo que se me secaron determinados idealismos de los que a uno se le va empapando el cuerpo a lo largo de los años, y entiendo que tampoco se puede hacer política a base de referéndum semanal, para garantizar así el eco permanente de la opinión de los administrados en los temas a administrar. Y hasta aquí esta reflexión, que daría para mucho más, pero que necesitaba sólo con la finalidad de introducir otra relacionada con ella. Ésta se refiere al hecho de que para poder mejorar los partidos políticos sus resultados en la tarea de conseguir ser vistos lo mejor posible (a costa necesariamente de procurar que no se haga demasiado de cerca), no han dudado en alargar todo lo necesario el cable del micrófono a través del que lanzan sus mensajes; y en la consecución de ese objetivo, se han hecho con la inestimable colaboración de los medios de comunicación.

Aquí hay dos cuestiones que ocupan mi reflexión de algún modo. Por un lado, no sé si quiero tener respuesta a la pregunta del millón, y que, formulada en dos mitades, sería algo así como ¿es posible para un determinado medio de comunicación estar alineado siempre con otra fuente de opinión ajena a él, desobedeciendo pertinazmente incluso al más elemental comportamiento probabilístico de que alguna vez pueda producirse un desacuerdo entre ambos?, y en su consecuencia, y supuesta la imposibilidad de lo anterior, ¿qué beneficio material tiene un medio con hacer ese eventual ejercicio de auto limitación?

La segunda cuestión es algo más prosaica, lo admito. En el tiempo que paso en el coche (mi ocasión habitual de oír noticias), y en el ánimo de no comprar el primer pantalón que me pruebe, intento escuchar más de una emisora. Ello me supone poner en riesgo mi seguridad al volante, puesto que la radio no tiene sistema automático de zapping, y depende por tanto, de la capacidad de mi dedo índice para interactuar sobre ella, con la consiguiente distracción potencial. Creo que, inadvertidamente, las opiniones que nos entran de manera continuada por los oídos, acaban por quedársenos dentro, aunque nuestra percepción es la de que tenemos convicciones firmes para todo, o casi todo, y a prueba de bombardeos de opinión.

Al final, mi sistema, bromas aparte, no es solución tampoco, y tengo la impresión de que existe una cierta paradoja final. Diversificando las fuentes en aras de mejorar la información, el resultado final es que entre todos la mataron y ella solo se murió, o lo que es lo mismo, nunca acabamos de saber si son galgos o podencos.

miércoles, 28 de julio de 2010

¡Que no me entere yo!


A veces Carlos me contaba anécdotas de cuando era maestro de escuela. Lo fue durante un tiempo, antes de cambiar su audiencia de chiquillos inquietos por otra de individuos adultos sujetos a nóminas, organigramas y planes de formación; e igualmente inquietos. Estos nuevos educandos con los que Carlos trabaja hoy, constituyen lo que las empresas llaman “su más importante activo”, expresión que demuestra que los negocios y la poesía no están reñidos, después de todo. Parece como si al hacerlo se refirieran a alguna broncínea estatua de reconocido mérito artístico, que adornara los vestíbulos revestidos de acero de los edificios de oficinas, y dulcificara un poco las formas de la eficiencia, rudas y angulosas por naturaleza, que se prodigan ya desde el momento en el que se cruzan sus puertas.

De los relatos de la época colegial de Carlos, el que más me gustó siempre fue uno acerca de un colega suyo, que era un auténtico maestro en la esquiva de la asunción de responsabilidades, y del enojoso trabajo que el hacerlo suele suponer. Me narraba como en los tiempos de recreo, ambos paseaban por el patio del colegio ocupados en sus conversaciones, mientras la presencia de su autoridad atendía al buen orden de la lúdica infantil, y procuraba la necesaria disuasión a los revoltosos para que sus planes de trasteo no pasaran de la urdidura a la ejecución.

De cuando en cuando, alguno de los más menudos se llegaba a ellos y decía: “señor profesor, los mayores nos están chupando el balón". Entonces, el que no era Carlos contestaba, serio el gesto, y enérgico su dedo índice en dirección al chico: “¡que no me entere yo!”. Tras semejante despliegue de firmeza y seguridad, el pequeño se alejaba rápidamente con la percepción de haber alcanzado la resolución del problema, y vestía su mirada de desafío una vez obtenido el respaldo necesario de quien ostentaba la máxima y legítima jerarquía jurisdiccional del patio: ¡ahora verían los mayores!

La historia se repite cada día, como si un espejo perverso que habitara aquel colegio de entonces hubiera coleccionado imágenes del indolente protagonista de esta antigua crónica de patio de recreo, para dispararlas después de los años, consciente del daño que produce con ellas. A todos, en alguna medida, se nos termina por amarillear, sin haber hecho suficiente uso de él, el papel que instruye sobre cómo hacer lo que está bien, o lo que es justo, o simplemente, lo que podemos. El compañero de Carlos, además, no supo ver que transcurridos los años y agotado el tiempo de recreo que es la niñez y la juventud, el niño del patio llegaría a comprender lo que había pasado. Recordaría, entonces, cómo nunca obtuvo el respeto de los abusones ni la posesión de la pelota, y estaría en óptimas condiciones de aplicarse la filosofía aprendida, y convertirse en otro eficaz transmisor, a nadie, de sus propias obligaciones. Después de todo, el profesor enseñó.

También a veces, Carlos me cuenta historias de su aula de ahora. Sé por ellas, que muchos de sus mayores, inquietos, muestran la confusión y el escepticismo de quien ya no espera que el balón le sea devuelto.

viernes, 25 de junio de 2010

Orgullosos de vestir "La Roja"


Todos los jugadores del equipo de Vicente del Bosque que nos están haciendo soñar con la gloria durante estos treinta días de Mundial sudafricano, están orgullosos de vestir la camiseta de la Selección Nacional. Se sienten honrados por tener la oportunidad de enfundarse "La Roja". Al menos, eso he escuchado decir a todos aquellos a los que les han preguntado al respecto en los medios de comunicación. Qué bien les comprendo. Yo también lo estaría. Y eso, aunque no me pagaran 600.000 euros (esta cantidad me parece tan desorbitada que he dudado sobre qué resultaría más agotador para el lector, si leerla escrita con números o con letras) por traerme la Copa a España.

He tenido alguna que otra discusión a propósito de este tema, y gracias a ellas he podido saber que el total del dinero de esas primas (si mi calculadora funciona adecuadamente, hablamos de 13.800.000 euros, sólo en lo relativo a los jugadores), saldrá de los fondos que la FIFA otorga al campeón, así como de los pagos realizados por los patrocinadores comerciales de la Selección Española de Fútbol. Esto me ha consolado bastante, y ya estoy indignado sólo en grado positivo, y no superlativo, como me venía sucediendo cuando era un desinformado más, de entre los millones de ellos que hay en el país en estado de perplejidad severa, por el hecho de que nuestros seleccionados tengan la posibilidad de escalar alguna posición más en el ranking de ricos de España. Se conoce que andaban en posiciones algo bajas dentro del pequeño grupo de 143.000 almas que forman dicho colectivo, dato que revela un informe que ha hecho público en estos días una solvente empresa que realiza, entre otras cosas, este tipo de estudios. Curiosamente, el mismo documento anuncia también, que se ha producido un gran incremento en el número de personas que sufren importantes problemas económicos para llegar a fin de mes.

Pues entonces ningún problema. Si las primas (cuya comparación con las destinadas a los jugadores de otras selecciones intuyo que es mejor no investigar) negociadas con los jugadores, por parte de la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) -que es un organismo dependiente de la Administración del Estado, hecho que es de importancia nuclear-, nos salen gratis, que les den dos millones de euros mejor, o mejor tres, o mejor todavía, o mejor aún…

Esta podría ser, más o menos, la secuencia de las transacciones económico-comerciales en todo este invento:

Un patrocinador paga a la RFEF un determinado dinero como contraprestación a un servicio que recibe. Ese servicio consiste básicamente en que millones de personas pueden ver con nívea claridad su Marca casi pegada en la piel de los gladiadores que van a sacar a España de esta melancolía en la que la crisis económica y el desapego a la clase política nos tiene sumidos. La Marca Comercial en la ropa, los mensajes que incitan al consumo de sus productos durante la emisión de los partidos, e incluso el rodaje de algunos, quizá bastantes, spots publicitarios por parte de los jugadores (que son el activo más importante que la parte proveedora de este contrato posee), formarán parte de ese servicio.

El precio del servicio lo establece el proveedor, de eso no cabe duda. Bien es verdad que su cliente no estará dispuesto a pagar de igual manera si los medios que se ponen a disposición del servicio se llaman Mariano Fernández o Enrique Portalón, que si se trata de Fernando Torres o Íker Casillas. Natural. Como quiera que éste último es el caso, es decir, que Vicente del Bosque no ha seleccionado ni a Mariano ni a Enrique (aunque apuntan maneras en esto del espectáculo balompédico, no se crean), y sí a Fernando y a Íker, el cliente acepta pagar un pastón por su contrato. Con ese dinero, y otros de diversa procedencia, pero que nunca vienen (insisto en ello, y también lo ha hecho, al parecer, Don Jaime Lissavetzky, que es un tipo que me cae bien y cuya tarjeta de visita reza “Secretario de Estado para el Deporte") de nuestros bolsillos, ya algo vacíos y escépticos, a estas alturas; la RFEF negocia las primas cuyo importe ya conocemos.

Yo no voy a atribuir la responsabilidad de todo este absurdo a los jugadores. No me parece justo, es cierto. Pero también es verdad que no me parecería ni medio mal que distrajeran un ratillo de su trabajo de hacer magia con el balón, para acordar, en un cónclave de vestuario, una oferta de reducción de sus primas, ahora que más de dos millones de paisanos lo van a hacer gustosamente sin que nadie les haya pedido su opinión.

Sin embargo, no me queda más remedio que atribuir la autoría del desaguisado a los representantes de la Administración del Estado involucrados en el proceso, que padecen una ceguera de solidaridad y sentido común, digna de estudio clínico. Si las dichosas primas, y yo no digo que no haya que establecer alguna, fueran un poco más asequibles a las posibilidades económicas de la caja de todos, y desde luego, más alineadas a "la que está cayendo", igual el ahorro conseguido permitía la construcción de uno o dos campos de fútbol para los chavales de barrios desatendidos, o para cualquier otra inversión de las que sí se pagan con el dinero de todos.

Alguien arrojó el otro día la idea, alojada entre el liberalismo económico y el forofismo deportivo más exacerbado, de que si se redujeran las primas a los jugadores, a éstos no les iba a merecer la pena ir a la Selección, con todas las molestias que el rodaje de anuncios conlleva. Y que por consiguiente, el "negocio" de nuestra participación en el Mundial de Fútbol se vería perjudicado. Me quedé algo sorprendido. Ignoraba que el orgullo de vestir una camiseta se midiera en euros.


Junio de 2010

sábado, 8 de mayo de 2010

Máximo común divisor


El ministro Ángel Gabilondo se ha pasado un año entero coleccionando opiniones, deseos y voluntades de todos los partidos políticos del arco parlamentario. El objetivo: crear un documento que definiera unos principios en materia de educación que pudiera ser firmado por todos, de manera que su contenido resultara ya indeleble, con independencia del color del gobierno que exista en cada momento. Una auténtica cruzada en la que este hombre de actitud afable, y pródigo en palabras sorprendentemente exentas (por lo inhabitual del hecho en el comportamiento de la casta política) de estrategia electoral, se ha ganado mi simpatía.

El proceso es necesariamente complejo, porque depende de la inviolabilidad que cada facción política asigne a su línea de mínimos. Está claro que si el área de intersección de pensamientos en el inicio del proceso es demasiado pequeña, la única forma de ampliarla es adornando de una cierta flexibilidad a la defensa de dicha línea de mínimos. Y hacer un esfuerzo en ese sentido no es, como argumentan a menudo algunos políticos llenos de pompa y tópicos, traicionar a sus electores. Es exactamente lo contrario: hacer un buen uso de su confianza. ¿O es que el partido político al que votamos nos consulta antes de adoptar cualquier posición en el debate político?

El otro día, un periodista en la radio utilizaba un símil matemático acertado, y decía que un proceso de este tipo conduce inevitablemente a la obtención de un máximo común divisor, o lo que es lo mismo, a un documento de mínimos. Bueno, un documento de mínimos es siempre mejor que ningún documento. Sobre todo en una cuestión, del todo principal, en la que existe unanimidad de opinión en el sentido de que la organización y la política educativas deben ser objeto de consenso. Y es que la experiencia acumulada en las últimas legislaturas nos indica bien a las claras que no hay visionarios de garantía en lo referente a este tema en ningún partido político.

Esta semana hemos constatado, una vez más, que el máximo común divisor del pensamiento de nuestros más importantes (¿conocidos?) políticos es, matemáticamente hablando, la unidad; o si lo definimos desde un punto de vista más conceptual, la nada más absoluta. Ahora nos quedan dos conclusiones posibles. Una se podría definir como la imposibilidad total de encontrar un grupo, por pequeño que fuera, de ciudadanos, que siendo heterogéneo en cuanto a sus preferencias políticas, pudiera alcanzar en su seno una coincidencia puntual en el diagnóstico de un asunto concreto dentro del campo de lo que llamamos gestión política. Yo tengo que descartar esta posibilidad si atiendo al sentido común y a mi experiencia personal. Aunque mis ideas no cuadran, en lo nuclear, con las de muchas personas a las que conozco y trato, siempre hay ocasiones en las que puedo estar, y estoy, de acuerdo con ellos.

La otra conclusión queda perfectamente ilustrada por una foto tomada en Buenos Aires justo antes de unas elecciones presidenciales, que tuve ocasión de ver una vez. Era un muro de ladrillo en el que con grandes letras de grafiti se podía leer: “como gane alguno de los candidatos, me marcho del país”.


Mayo de 2010

domingo, 4 de abril de 2010

Nadal al resto


Hoy he tenido ocasión de ver un videoclip en el que Rafael Nadal, nuestro gran tenista, le hace de partenaire a Shakira. No es que Rafa cantara, eso no. Sólo estaba allí aportando su imagen, mundialmente conocida, a la interpretación de la cantante colombiana que, dígase también, no le va a la zaga al deportista mallorquín en popularidad. Aquí, allá y en cualquier sitio.

Si intentara hacer un ejercicio breve, música aparte, de descripción del contenido del video, diría que ambos escenificaban un romance, envueltos en un ambiente algo neblinoso y selenita. Quizá poco creíble, lo del romanticismo, digo. Claro que, verdaderamente, los videoclips no son para creérselos. Eso hasta yo lo sé, aún siendo como soy un tipo bastante ingenuo. Y digo que era poco creíble porque esas cosas se notan. Se notan en la mirada de él, pendiente de a qué cámara tiene que atender (para ignorarla, claro). Se nota en que la distancia que hay entre la experiencia de Shakira en los entresijos de un rodaje, y la de Rafael Nadal en idéntica tesitura, es tan larga como la que hay entre nuestros ojos y la línea del horizonte. Se nota, en fin, en que queremos que se note, porque los que no somos Rafael Nadal no tenemos a nuestro alcance la posibilidad de estar con Shakira en un cuerpo a cuerpo como el que mostraba esta pequeña película musical. Ni creo que muchos de nosotros nos atreviéramos a tanto estar.

A pesar de esta locuacidad mía, algo confusa, y pudiera parecer que descreída, tengo que reivindicar a estos dos famosos. Son, cada uno en lo suyo, dos personajes que transmiten naturalidad y cercanía. Me caen bien. Pero eso no obsta, para que hoy, mientras veía la pantalla de televisión, tuviera la impresión de que Shakira era quien estaba al servicio, y Nadal al resto.


Abril de 2010

viernes, 12 de marzo de 2010

11 de marzo


Han pasado ya 6 años desde el más famoso de los 11-M que en el mundo han sido. Al menos en el nuestro: pequeño y plagado de aceras, asfaltos y transeúntes. Hace ya 72 meses que nuestro ánimo urge el trabajo de los lagrimales cuando pensamos en aquel triste final de invierno. Desde hace ya 2.190 días, muchas familias andan buscando consuelo, pero no hay inventor que sepa inventar consuelos para estos males.

Podremos curarnos del miedo a viajar en un tren que nos lleve al trabajo cada mañana. Puede que nos curemos de la soledad que producen los ausentes, tal vez. Nos curaremos del asco producido por la recalcitrante voluntad de algunos medios de vender noticias a toda costa, aunque para ello hayan tenido que inventar otro 11-M distinto. Nos curaremos de la decepción que hemos sentido en muchas de las últimas 52.560 horas, ante la falta de talla y de reflejos de una parte importante de los habitantes de nuestro policromado mapa político, cuando merodean por las proximidades de este hecho fatal. E incluso nos curaremos del remordimiento que sentimos por olvidarnos, con una frecuencia digna de hábito, del dolor de los únicos protagonistas legítimos de la tragedia; la mayoría de los cuales, no sale nunca por la tele.

Pero después de 3.153.600 minutos de andar preguntándonos si el hombre se podrá curar alguna vez de ser hombre, nunca acabamos de obtener una respuesta.

domingo, 28 de febrero de 2010

Demasiadas perras


Se dice de los bancos (léase entidades financieras) que son instituciones sistémicas. Esto es, su supervivencia, o, incluso sin necesidad de llegar a términos tan dramáticos, su correcto funcionamiento, resulta de vital importancia para la buena salud de nuestro "sistema financiero" (término que, atendiendo a mi capacidad de entendimiento, tengo que poner entre comillas como si al escribirlo estuviera introduciendo una palabra francesa en mitad de un texto escrito en castellano). Yo, como buen ciudadano poseedor de un alto nivel de consciencia de lo que significan conceptos como "bien común", "progreso colectivo", y otras pseudo-entelequias diversas, me creo a pies juntillas lo de que los bancos son elementos sistémicos, y quiero, como dicen los cantantes de rancheras, que les vaya bonito.

Ahora bien, si pensamos en cualquier colectividad, sea del tamaño que sea, comunidad de vecinos, municipio o el propio Estado, parece razonable pensar que aquellos elementos esenciales que facilitan el cumplimiento de sus fines, o sea, los sistémicos, sean controlados por los individuos sobre los que la colectividad delega la gestión, esto es, el presidente de la comunidad, el alcalde o el gobierno del Estado. Al mismo tiempo, y siguiendo un flujo de sentido contrario, en caso de que esos elementos tan imprescindibles tuvieran algún problema para seguir realizando la función para la que fueron previstos, el grupo les prestaría el apoyo necesario para que pudieran superar la situación.

Si aplicamos lo comentado en el párrafo anterior al caso de los bancos, se nos plantea una complicada paradoja: se trata de que dichas instituciones vayan estupendamente bien, y aporten seguridad y consistencia al "sistema financiero" (de un rato a ahora, sigo sin haber aprendido francés), pero no son propiedad del Estado y, en consecuencia, el Estado no interviene en la fijación de los sueldos de sus directivos. Y es que sí. Es de esto de lo que yo quería hablar: de los sueldos de los banqueros.

Si hiciéramos una encuesta entre todos los accionistas de un gran banco en la que les preguntáramos si aprobarían niveles salariales como los que se han hechos públicos hace algunas fechas, para los directivos de la empresa de la que son propietarios, ¿alguien puede dudar de que el resultado sería una censura mayoritaria a semejante práctica?, ¿Creen ustedes que los propios directivos de los bancos confiarían esa decisión sobre política salarial a su hipotética aprobación por parte de la mayoría de los accionistas? Yo creo que no. Entonces, ¿qué es lo que falla? Pues falla lo de siempre. Falla que la solidaridad y el sentido común son conceptos que nos son ajenos, y no nos sirven de estímulo para nuestros actos, si no existe una Ley detrás de ellos, acompañada, eso sí, de un eficaz sistema que penalice su incumplimiento.

Y estando, como estamos, de acuerdo en que las retribuciones de los directivos de los bancos son algo que hace enrojecer de vergüenza a la mayor parte de la sociedad, ¿cómo puede ser que unos pocos idólatras del capitalismo salvador e inmaculado sean los que se lleven el gato al agua, y consigan que el Gobierno no se atreva (ni este ni otros, quede claro) a meter mano en el asunto? Algunas declaraciones de personas con mando en plaza escuchadas hace algunas semanas, en el sentido de lo lamentable que resulta el hecho de que esos torrentes de dinero se acumulen en un solo bolsillo, cuando hay tantos de ellos vacíos en nuestro país, resultan como una broma. Son quejas veladas, e impostada consternación por el acaecimiento de un hecho injusto, pero insalvable. ¡Menuda mojigatería! Esas declaraciones las puedo hacer yo, mientras me tomo una cerveza con los amigos. Pero al Gobierno no le pagamos para que se consterne. Lo hacemos para que, a su vez, haga lo posible para que no nos sintamos consternados todos (o casi todos) los ocupantes del tendido español. Porque cosas se pueden hacer, me parece a mí. ¿O acaso el parlamento nunca ha legislado sometiendo determinados derechos legales (individuales o colectivos) a la necesidad de preservar otros de mayor jerarquía y opuestos a los primeros? Que se limite la posibilidad de establecer estas retribuciones estratosféricas, o en su defecto, se modifique la fiscalidad aplicable a ellas, no es sólo algo justo. Es, además, algo en lo que casi todos estamos de acuerdo; es algo que nos haría parecernos algo más a una sociedad de personas, y no de personajes. Es, en fin, lo que yo pediría esta noche a algún santo, si conservara yo la costumbre de rezar, y si todavía quedara alguno (la Globalización no descansa nunca), que no se apasione con la lectura del Financial Times.

viernes, 12 de febrero de 2010

Sin llegar al fondo


Si mañana el Tribunal Supremo, en relación al caso que instruye contra Baltasar Garzón a propósito de las actuaciones que dicho juez realizó en la investigación de los llamados “crímenes del franquismo”, emitiera un fallo de culpabilidad por un delito de prevaricación; y si, como consecuencia de tal fallo, el acusado resultara inhabilitado para el ejercicio de la jurisdicción, o de él se derivaran cualesquiera otras sanciones o penas contra su persona; entonces yo, a pesar de todo, seguiría teniendo fe en las Instituciones del Estado, en los jueces y fiscales, en la robustez y garantías de nuestro régimen democrático, y en todas las buenas consecuencias que se derivan de tales conceptos. Pero me iría a dormir con un tremendo vacío vital y una inevitable sensación de derrota.

Y es que comprendo perfectamente que el Tribunal Supremo atienda a su responsabilidad de tramitar los asuntos que, ateniéndose a los requisitos formales establecidos, les lleguen para ser resueltos en sus salas. Y aún puedo creer que el juez Garzón haya podido actuar sin la requerida prudencia en determinadas cuestiones en las que las formas son importantes. Pero es que la acusación a Garzón es la de prevaricación, y no acabo de ver qué hay de injusto en resolver, de una vez por todas, la ansiedad de muchas familias que un día perdieron el contacto con alguno de sus miembros, sin que los poderes protectores del Estado hayan sido capaces de dar respuesta a la incertidumbre sobre su paradero. Muchos opinan que no hay que desenterrar a los muertos, y yo entiendo que eso puede ser verdad para los muertos de hace cuatrocientos años, pero pregunto ¿qué sociedad que podamos considerar cercana en hábitos y valores a la nuestra, vería con naturalidad extraviar a aquellos muertos cuyos hijos aún están entre nosotros?

Me pierdo en asuntos de técnica jurídico-procesal, pero intuyo que este asunto no será sota, caballo y rey en ese terreno, cuando muchas personas expertas no acaban de ponerse de acuerdo en la calificación de la actuación de Baltasar Garzón. Oigo y leo en los medios de comunicación que uno de los factores clave en los que se fundamenta la acusación a Garzón es la existencia de la Ley de Amnistía promulgada en España en el año 1977. Pero no puedo entender, desde mi intuición, cómo se puede amnistiar a alguien que no ha sido previamente condenado por algún delito. Esa es la cuestión determinante. Nadie, después de un ejercicio mínimo de reflexión, puede pensar que la intención del juez juzgado era la de encarcelar a alguien como consecuencia de este proceso. Claro que no. Lo importante es calificar penalmente las desapariciones, aún cuando no exista la posibilidad de imponer pena alguna a sus autores. Entre otros motivos, por el de que la mayoría de ellos ya no están vivos. Desde un punto de vista legal, la situación de cualquiera de las personas cuyo paradero tratan de esclarecer sus familias presentando demandas en la Audiencia Nacional (esto es importante. Todavía hay quien cree que Garzón no actuó a instancia de parte, sino que se levantó un buen día, y se vio asaltado por un irrefrenable impulso de convertirse en el justiciero del antifaz) es el limbo, ni más ni menos. No se sabe si emigraron a las Vegas a ganarse la vida en las mesas de juego, o al África austral movidos por la solidaridad con los más desfavorecidos, o si fueron asesinados por ser titulares de un pensamiento inconveniente en un momento inoportuno. Pero hay demasiados indicios acerca de qué pudo haber pasado con ellos.

Yo no creo que haya que abolir la Ley de Amnistía del año 1977, como parece que ha sugerido al gobierno español alguna institución internacional, para allanar a nadie su camino hacia la cárcel. Creo en la importancia de las decisiones difíciles que se tomaron en aquel momento, y creo que volver a cuestionarlas podría representar un cierto retroceso en la consolidación del modelo político que hemos elegido para España. Pero si mañana, o cualquier otro día, entonces aciago, el Tribunal Supremo condenara a Garzón, seguramente estaríamos ante un escrupuloso respeto a la aplicación formal de las leyes, sin haber llegado al fondo de la cuestión. Ni al de las furtivas y apresuradas zanjas en las que todavía quedan muertos. Muertos que fueron depositados allí, al amparo de ninguna ley.


Febrero de 2010

martes, 9 de febrero de 2010

El traje invisible del emperador


Se dice de los economistas con frecuencia, que son expertos en predecir lo que va a pasar en la economía, pero a posteriori. Bueno, quizá en estos últimos años, los economistas no han hecho otra cosa más que ser lo que son, en el sentido más literal del dicho que traigo como entrada, y por ello se han enterado tarde de la que se nos avecinaba. Yo no lo creo.

Me parece que una buena manera de explicar qué es lo que ha fallado, sería poder describir cómo tendrían las cosas que haber funcionado. No me refiero desde luego a explicaciones técnicas y farragosas desde el punto de vista de la Macroeconomía. Mi conocimiento no da para tanto. Me conformo sólo con lanzar unas cuantas ideas desde la óptica del sentido común (del propio, claro), o de la intuición, o de la perplejidad de quien no entiende muy bien para qué se inventó la barrera psicológica de los 11.200 puntos, que a esta hora puede que ya sea la de los 10.500.

Les ruego algo de paciencia. Si consigo cerrar el círculo, creo que me habré explicado. Pero debo empezar desde algo atrás, desde el día en el que mi hija y yo hablábamos de política y economía hará unos cuatro años. Entonces ella tenía 10 años, y yo tenía unos cuatro menos que ahora. Explicar la viabilidad de que un grupo de amiguetes se reúna y decida compartir su suerte vital en torno a una organización fabricada a base de tareas y normas comunes a las que todos se obligan, es algo muy sencillo, siempre y cuando la conclusión sea que todos aportan algo de lo propio al grupo, y la fuerza del grupo es un paraguas debajo del cuál todos caben. Mi hija lo entendió perfectamente, porque no hay modo de no entender eso. Así que me pareció que se decantaba un poquito más por lo utópico que por lo pragmático, aunque no creo que hoy se acuerde siquiera de nuestra conversación en la cocina (que es el sitio donde se hablan las cosas serias). Intento pensar en si debo llamar a esta asociación de individuos unión política o unión económica, y no llego a ninguna conclusión (aunque esto no tenga relación directa con el contenido del escrito, me parece un tema muy interesante). Las veo muy de la mano. En fin, tras un breve espacio de tiempo, de pongamos unas mil ochocientas lunas, las relaciones entre los individuos del grupo se han perfeccionado tanto que ya no necesitan recordarse constantemente los unos a los otros, los derechos y obligaciones que están escritos en sus tablas de la ley. Sus transacciones, tanto económicas como personales, de hoy, herederas directas de las reguladas al principio de sus tiempos, se han hecho tan automáticas que todos llegan a la conclusión de que existe una especie de inercia en el aire, que hace que todo fluya por su carril. Tanto es así, que esa inercia, como por arte de ensalmo, corrige cualquier intento de vulneración de aquellas normas primeras, que pudiera ser perpetrado por alguno de los individuos.

Quiero aclarar en este punto, que este escrito no es ni un panegírico de las bondades de alguna cosa, ni el panfleto que denuncia las aberraciones de su contraria, si es que tal antagonismo de posiciones pudiera aplicarse a dos conceptos utilizados a lo largo de estas líneas. No me mojo. Aquí, el Capitalismo es sólo un término abstracto, o académico si quieren, independientemente de aquello en lo que pueda convertirse tras su aplicación en un entorno concreto. Y lo mismo puedo decir del Mercado (no el de San Miguel, que ese no es nada abstracto, sino el otro). ¡Ah, el Mercado! ¡Qué gran cosa, y que gran invento que nadie inventó! Los defensores a ultranza del liberalismo económico explican que cada vez que apoyamos el dedo pulgar en el Mercado y le hacemos moldearse normativamente, la cagamos. Cuando los liberales defienden la inviolabilidad del Mercado por parte del Estado, argumentan que la perfección de la situación es máxima en él porque todos los agentes pueden hacer libremente lo que se les antoje, con un único límite: lo que se les antoje a todos los demás. ¡Pero un momento! Eso es exactamente lo que dicen los profesores de Macroeconómica cuando enseñan en sus clases los modelos económicos teóricos (que están muy bien y cuyo estudio es recomendable), y hablan de los mercados en competencia perfecta. ¿Son entonces los profes de "Macro" y los liberales una misma cosa? Va a ser que no. Los primeros explican sobre la pizarra el concepto de competencia perfecta, mientras que los segundos pasan de puntillas por ese término, porque no hay pizarra alguna que soporte la demostración de que semejante entelequia exista en nuestro mundo. En efecto, grupos de poder, grandes brokers, poderosas corporaciones empresariales y puede que otros más, intentan modificar artificialmente las condiciones del Mercado, sin que una parte importante de la “doctrina” contemple la posibilidad de que los Estados equilibren la situación haciéndose presentes en el terreno de juego de una manera más explícita. Y al hilo de este pensamiento, me hago la pregunta de los setecientos mil millones de dólares: ¿es que alguien que haya dedicado 10 minutos a la reflexión sobre estos temas, no sabía ya que esto era así? Pues cuánto más probable no será que los economistas que dedican algo más de tiempo a la cuestión, no estuvieran ya hartos de saberlo desde hace bastante tiempo. Ahora, en consecuencia, me veo abocado a otra conclusión inevitable: los economistas no deciden sobre las cuestiones económicas cuya regulación deben promover o abstenerse de hacerlo, los gobiernos de los Estados. Es probable que tengan voz, sí, pero me parece metafísicamente imposible que tengan un voto de calidad.

Poco a poco, los "huequecillos" (ilústrese el concepto de “huequecillo” con la imagen de un atasco de tráfico, en el que el coche que va detrás de nosotros se desplaza súbitamente al carril de la derecha, para hacer diez frenéticos metros fuera del parón, y volver luego al mismo, justo en el huequecillo de delante de nosotros, al encontrarse un coche en doble fila en su trayectoria), de los sistemas financieros perfectamente (auto)regulados, se hacen más y más numerosos, más accesibles a unos pocos (a menudo con la inestimable colaboración de los avances en los sistemas de la información), y más indetectables para el “gran hermano financiero” que no pasó por las aulas de la facultad de economía. Algunas células son claramente de color gris, aunque el conjunto, de lejos, sigue pareciendo rojo. Ciertos individuos de nuestro club de amiguetes, han decidido mejorar su status a costa del de los demás, y ya la inercia mágica se ha vuelto ciega, sorprendentemente muda, e insoportablemente sorda.

Pero yo soy optimista, y encuentro que como en el caso de todos los males, éste puede traer su bien. Ahora habrá que reinventar la letra que contienen los libros de economía, es cierto. El Samuelson y el Lipsey serán pasto de las llamas, por mucho que la crisis no haya venido por San Juan, y otros autores explicarán una vez más, (a posteriori, dirán los críticos más recalcitrantes) las verdades económicas. Pero ahora que algunos hombres de traje y corbata, hombres cuya autoridad de criterio y opinión nadie discute, se han caído del caballo al más puro estilo de Saulo de Tarso; ahora sabemos, al menos, que el emperador iba desnudo.


Octubre de 2008