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miércoles, 30 de octubre de 2013

Dietario Errático (31-10-2011)



A la primavera en otoño que nos ha acompañado durante tantos días, ha debido de parecerle ya excesivo su comportamiento excéntrico, y ha decidido emigrar hacia el hemisferio sur. Me pregunto si las estaciones son sujetos individuales carentes del don de la ubicuidad. Si así fuera, en algún sitio lejano han debido de tener un otoño en primavera. Y me da la impresión de que eso es correr peor suerte que la nuestra: la que hemos tenido con este inesperado veranillo, en el que San Miguel no ha tenido más remedio que ceder protagonismo a otros santos más tardíos en el calendario.
 
Ahora, tras este último ciclo de carreras desordenadas, en este extraño juego de las cuatro esquinas al que los meteorólogos suelen dar explicación con la boca pequeña, supongo que ya todos estamos donde teníamos que estar. Ahora, las casas se han enfriado con una urgencia de la que carecen las calles y los parques. Es como si, al modo de las viejas lesiones de huesos, sus muros tuvieran reumas y artrosis que les sirvieran de barómetro para anticiparse a los demás en el conocimiento de los cambios climatológicos. Y entonces dejan fríos a sus ocupantes. Literalmente helados.
 
Después de muchas jornadas de azules, toca acostumbrarse de nuevo al gris, y eso siempre es desconcertante. Así que, en los barrios importantes, que aún conservan sus elegantes bulevares sembrados de bancos de forja y madera, podemos sentarnos y observar un heterogéneo desfile de moda, donde las longuísimas modelos son sustituidas por personas corrientes de muy diversas hechuras, y en el que coexisten vestimentas de empaparse los pies, con otras que provocan inclementes e inesperados sudores a quienes las lucen. Ahora, la luz del sol trabaja a jornada parcial, y a media tarde pensamos que no se está ganando el sueldo. Y aunque la oscuridad precoz hace de los periodos vespertinos momentos más gélidos y rigurosos, la verdadera destemplanza se nos incuba en el cerebro, y al ritmo circadiano se le averían las bujías.
 
Solo después de varias semanas regresa una cierta normalidad. Aceptamos que no todos podemos ser canarios, y nos conformamos con nuestra suerte. Es el momento en el que sobre los tejados se distingue el lenguaje antiguo de las señales de humo; y cuando Bert cambia de oficio, y pasa de pintar frescos en los pavimentos del parque, a limpiar chimeneas. Cuando, al fin, el viento cambia de dirección para que Mary Poppins sepa que ha llegado el momento de marcharse.
 
Uno de estos días tendría que comprarme unos mitones, para vestírmelos mientras trabajo con el ratón del ordenador. Cada año me lo digo. Y cada año, el otoño en otoño me sorprende habiendo incumplido mi propósito. ‘Determinación del inconstante’ llamo yo a esto.
 
 

miércoles, 2 de octubre de 2013

Dietario Errático (14-08-2013)


’Polimarica’ es un adjetivo que se inventó mi amigo Manolo cuando le conocí en la Escuela de Arquitectura de Madrid a finales de los setenta. Eran otros tiempos. En aquel entonces mi padre quería tener un hijo arquitecto, y el negocio de la construcción no olía a podrido sino a Ferrero Rocher.
 
El significado de polimarica es fácil y difícil de explicar. Fácil porque lo nuclear de su definición se obtiene con un pequeño puñado de palabras, y difícil porque sólo con la definición, resulta un poco complicada la comprensión del concepto. Literalmente, polimarica sería aquel hombre al que puede verse alternando con más de tres mujeres hermosas al mismo tiempo. La cuestión cuantitativa incluida en la definición viene del elemento griego poli, que aportaría el concepto de pluralidad, y más en concreto, del uso que las matemáticas, y otras materias, le han dado. Así, por ejemplo, aunque el polinomio se define, en términos generales, como la expresión matemática que contiene dos o más elementos algebraicos conectados por un signo ‘+’ o por un signo ‘-‘; aquellas que constan de dos y de tres se denominan específicamente binomio y trinomio. Queda claro, pues, que al tipo que se le ve en compañía de dos mujeres se le denominaría bimarica, y hablaríamos de un trimarica, en caso de que aquellas se pudieran observar en número de tres.
 
No obstante, para seguir en la medida de lo posible la costumbre gramatical que nos lleva a utilizar el término genérico de un grupo de palabras de significado similar, en lugar del específico que se le puede aplicar, y teniendo en cuenta, además, que encontrar a un fulano paseándose de los brazos de cuatro señoras, resulta verdaderamente complicado; polimarica acabó imponiéndose en nuestra jerga, como término habitual y único, independientemente del número de féminas, y siendo incluso el elegido cuando la proporción era de “uno a una”, siempre que ésta, en ese caso, fuera una de esas mujeres de las llamadas “de bandera” (entonces no existían los pibones; o al menos un servidor no recuerda el uso de dicha palabra).
 
El factor ‘marica’ dentro de la palabra no tiene explicación alguna, salvo que nos remontemos a la época de los recreos en el colegio. En los partidos de fútbol del patio solíamos reclamar falta cuando algún chaval habilidoso (más habilidoso que nosotros) nos quitaba el balón de los pies. Como quiera que en aquellos casos no había quien se aviniera a renunciar al juego para ser árbitro, compensábamos la indiferencia y el nulo efecto que causaba nuestra reclamación, mascullando entre dientes algún insulto al listillo. ‘Guarra’ o ‘cerda’ (en femenino, que jode más) eran bastantes socorridos para el propósito de liberar la frustración. Pero, en realidad, lo he sabido años más tarde, solíamos envidiar y admirar silenciosamente al chico que nos había birlado la pelota. Porque era de los que se podía pedir Amancio o Gárate al comienzo del partido, con garantías de estar a la altura.
 
Así pues ‘marica’ no era un contrasentido, aunque es comprensible que lo pareciera a primera vista. Al contrario, era más un signo de homenaje y alta consideración. Siempre que hablábamos de un polimarica, lo hacíamos sonriendo y con buen humor. Y la pronunciación era muy importante. Se vocalizaba haciendo espacios entre sílabas, tal y como se hubiera escrito, si entre ellas se hubieran intercalado guiones. Además, poníamos la voz al modo de Héctor del Mar, impostando una gravedad tonal que no poseíamos.
 
Sólo una vez en mi vida pude haber sido un polimarica. Creo que es algo que ya he narrado en este dietario, pero el recuerdo del hecho siempre me persigue. Sucedió muchos años más tarde de la época de Manolo, en el transcurso de una fiesta nocturna de esas de desparrame, en las que el alcohol cunde como si se hubiera adquirido en el mismísimo Caná de Galilea. Estábamos en el pueblo de mi amigo Paco, y éste me presentó a dos chicas despampanantes. Desgraciadamente, Paco me quería demasiado. Lo hizo anunciándome como “una de las mejores personas que conozco”. Por supuesto, no volví a verlas en toda la noche. ¿Quién quiere la compañía de una buenísima persona, justo la noche en la que el objetivo fundamental es no recordar nada de lo sucedido a la mañana siguiente?
 
 

viernes, 2 de agosto de 2013

Dietario Errático (16-06-2011)


Eduardo es un chaval, que ya no lo es tanto, con el que coincidí en mi época de scout. Hace pocas fechas, y por una de esas circunstancias alegres y algo milagrosas (pero de las de los milagros de verdad cuya autoría corresponde a las personas de carne y hueso), tuve contacto (cibernético) con él de nuevo, tras algo más de 25 años sin noticias suyas. Eduardo me dijo que forma parte de un grupo musical. Que no se ganan la vida con la música, pero que hacen conciertos con una cierta continuidad. Que le encanta eso. Y que fue hace algo más de 25 años cuando decidió que esto es lo que él quería hacer algún día. Y que yo tuve algo que ver con su decisión, porque en nuestra época de scouts, “el de la guitarra” era yo.
 
Estoy verdaderamente sorprendido y maravillado de que los tres o cuatro acordes de la melodía del Smoke on the Water, que ocuparon, y siguen haciéndolo hoy, un espacio muy próximo a mi techo de competencia guitarrística, hayan tenido, al fin, alguna utilidad. Así que me he venido arriba, y utilizando como excusa el hecho de que la guitarra que tenía fue secuestrada por mi hija hace meses, y la coartada de que acaba de ser mi cumpleaños, me he comprado una guitarra acústica.
 
El pensamiento dominante en mi cabeza, puede que ya rayando en la preocupación, cuando me encaminaba a consumar mi ocurrencia sobrevenida, era que en la tienda, y en cumplimiento de un comprensible acto de hospitalidad comercial, me ofrecieran probar la guitarra. No ocurrió, afortunadamente. De otro modo, y como yo no soy muy de mentir, hubiera tenido que confesar la verdad: “No será necesario. Verá, yo no controlo mucho esto de la guitarra. Es solo que quiero trascender de mis vidas anteriores, y llegarme, si acaso, al Aqualung de Jethro Tull”.

 
 
 
 


miércoles, 10 de julio de 2013

Dietario Errático (10-06-2011)


Hoy me ha dado por pensar (peligro) en este concepto, ya adolescente, que llamamos “Globalización”. Y advierto, con cierto desencanto, que no parece referirse a un hecho de ocurrencia creciente, en virtud del cual las personas gusten cada vez más, de moverse en globo por el planeta. Quién sabe si cinco semanas fueron ya suficientes, no solo para el Dr. Fergusson y sus acompañantes, sino para la mitad de los habitantes de La Tierra, que ya ha debido de leer la obra de Verne.
 
No. Parece que la Globalización es otra cosa. Es como “la ley del embudo”, un fondo de saco, un camino de ida sin vuelta, que a algunos les permite ampliar el límite del “huerto” en el que hacen negocios y dinero, hasta el más alejado extremo del mundo; mientras que los de aquel remoto lugar no son recíprocamente compensados por el destino (algo corrompido a estas alturas), adjudicándoles alguna pequeña cuota del nivel de bienestar del que disfrutan los primeros.
 
Puede que en la mitad del planeta que no ha leído Cinco Semanas en Globo haya Globalización. Lo que no está tan claro es que haya libros que leer.
 
 

domingo, 17 de febrero de 2013

Dietario Errático (07-06-2011)


Con cierta frecuencia, uno escucha comentarios de determinadas personas, a propósito de la mala vida que les dan a sus ordenadores (que puede que no sea mala vida, en realidad, sino la que ellos mismos, los ordenadores, han buscado al hacer realidad su vocación de ser lo que son), al tenerlos descargando ficheros desde la Red las veinticuatros horas del día. Venga de pelis, discos, libros y qué se yo qué más. En fin, una emulación en versión siglo XXI, y salvando por tanto las distancias tecnológicas existentes de entonces a ahora en lo referente al soporte físico del arte y el conocimiento, de la biblioteca de Alejandría. Y a mí me parece estupendamente bien que cada uno haga con su ordenador lo que le parezca más adecuado (sin entrar en temas legales, que eso ya daría para otras muchas reflexiones), aun cuando no acabo de comprender muy bien que pueda suponer un bien en sí mismo, el hecho de atesorar más información de la que uno es capaz de digerir en toda una vida (de las de aquí). El número de películas de las que disponen estos “cinéfilos” es tal, que en algunas ocasiones se llega a la conclusión inevitable de que tendrán que trascender junto con las almas inmortales de sus dueños, para hacer más llevadero el “por siempre jamás” de éstos.
 
He recordado, en relación con esto, algo que me ocurrió en la oficina hace tiempo. Un compañero que responde al perfil del párrafo anterior, acababa de bajarse el último disco de Melendi (que quizá hoy sea ya el penúltimo), y nos ofreció al grupito que estábamos geográficamente más próximos, la posibilidad de hacernos una copia. Como quiera que una disposición tan desinteresada a obsequiar no debe responderse con la callada, y dado que ya algunos habían aceptado gustosos la propuesta, yo contesté renunciando a ella con todo el cuidado que fui capaz de aplicar a la situación. “Bueno, yo es que no soy muy de Melendi”, dije. Entonces él se levantó, vino hacia mí con gesto de extrañeza y preocupación, y me dijo: “Pero si no te gusta Melendi, ¿entonces qué te gusta?”


domingo, 25 de noviembre de 2012

Dietario Errático (29-03-2012)

Desde aquella primera vez en la que vi la película de Carles Bosch, hay tres palabras que me vienen a la cabeza con terca insistencia. Puede que quiera grabarlas en mi mente a maza y cincel, como si de su recuerdo dependiera la posibilidad de lograr una inmunidad acorazada ante la amenaza de la desmemoria.

Pero no creo que funcione, como no lo hizo el aprenderme de memoria las letras más chiquititas del tablero de símbolos y letras que se utiliza para el diagnóstico oftalmológico, allá por mis catorce años. Entonces pasé la revisión médica, es verdad. Pero ello no me ayudó a ver la pizarra en condiciones, así que no me quedó otra que hacerme amigo de unas gafas. Pero ¿cómo trabar amistad con el olvido, la falta de entendimiento o los trastornos de la conducta?

Bicicleta, cuchara y manzana son las palabras mágicas. Después de todo no resultan tan rebuscadas. Pero ay de ti, si un día las olvidas.

Hoy me ha dado por deambular tras estas palabras fáciles, y a la vez traidoras, y he dado con esta página:

 

 
Siguiendo idéntico principio por el que mantengo mis pies bajo las sábanas, para que el horrible monstruo que se esconde debajo de mi cama en las noches de terror, y que sé que no existe, no pueda atraparme el tobillo; y aunque nada me indica, hoy, que vaya a necesitar este tipo de depósito bancario en el futuro, he decidido hacer donación de un recuerdo en ella. Un recuerdo importante. De esos que cuando son manifestados con emoción, nos hacen sentir pudor, porque nos muestran simples o pacatos o cursis a los ojos de los demás. O todo a un tiempo.

domingo, 17 de junio de 2012

Dietario Errático (23-08-2011)

Tengo un vecino en mi casa (léase portal), que también lo es de piso (entiéndase planta), que solo hace que hablarme de la TDT (sí, exacto, la Televisión Digital Terrestre), cuando coincidimos en el ascensor. Así, a bote pronto, uno piensa que hablar de la climatología en semejante situación es un recurso razonable, dado el hecho probable, o al menos posible, de que ésta sea cambiante cada día. Pero la TDT es inmutable. Es como muchos axiomas científicos o los dogmas de fe. De manera que una vez que se ha dicho algo sobre ella, ya no queda más nada que se pueda añadir. Eso creía yo hasta hace tres o cuatro años, o los años que haga que se inventó este invento, que ya debe ser un plazo de esos que uno intuye cortos, y siempre acaban por ser más largos. Lo que demuestra, por cierto, que hay un porcentaje elevado de lo vivido que no merece la pena ser recordado; sin que esto suponga una interpretación pesimista de la vida. Eso jamás.

Bueno, pues eso. Que cuando empezó la TDT, un buen día este vecino mío me “atacó” en el ascensor con el tema. Creo que fue algo relativo a los conectores de antena que hay en el salón, y que son dos en lugar de uno, y en relación a ello, si yo veía mejor la TDT conectando la tele al uno o al otro. Recuerdo casi nada o nada de mi respuesta, pero tuvo que ser de una vaguedad preocupante para mi vecino, que se empeñó de inmediato en hacerme una inspección visual de la instalación del aparato del TDT de casa. Y en efecto, a los pocos días la hizo. No pude impedírselo (nadie hubiera podido), cuando salió presto de su casa al oírme llegar de la oficina por la tarde.

Aunque en aquel tiempo yo veía bien los canales de la televisión terrestre, algo debió no merecer su conformidad de inspector televisivo, porque a partir de aquel momento, y en los últimos años, cada encuentro nuestro en el ascensor (afortunadamente somos de horarios poco compatibles) se ha venido saldando con una frase por su parte, que es esta que aquí cito: “¿solucionaste ya el problema de la TDT?"

Jamás supe qué problema tuve con la TDT. Pero el recuerdo de la entregada preocupación de mi vecino por mi acceso a los contenidos televisivos, me vino de nuevo a la memoria hace algunas semanas, cuando cambiaron la frecuencia de emisión del Teledeporte y de algunas otras cadenas.

Como quiera que soy un tipo paciente y tranquilo, no di mayor importancia al hecho de dejar de recibir la señal del Teledeporte. Como quiera, empero, que soy de natural algo Mariano, y hay retransmisiones deportivas a las que me gusta asistir desde mi sillón, y que empezaba a perderme por no tener las cosas en su sitio; un día en que me tropecé con el vecino de enfrente, me pudo la ansiedad y me adelanté a él, preguntándole si podía ver Teledeporte en su casa. Y ello, por saber yo si era un problema de antena que discriminaba a unas verticales respecto a otras, o era que estábamos todos los habitantes de la finca perfectamente desintonizados. Como en las reuniones de Comunidad, vaya.

En fin, lo cierto es que podía haberme ahorrado el lance, porque al día siguiente encontré un cartel en el portal de casa que anunciaba que el canal de Teledeporte ya estaba disponible, y que podía ser sintonizado en las televisiones.

Ahora sospecho que mi vecino, que lo es de portal y planta, andará escribiendo por los blogs de Internet, que tiene un vecino algo raro que solo hace que hablarle de la TDT cuando se lo encuentra en el ascensor.

domingo, 22 de abril de 2012

Dietario Errático (10-08-2011)


La expresión “el tendido de los sastres” alude a aquella posición de altitud bastante, y estrecha proximidad a un recinto taurino o deportivo, desde la que se puede ver gratis algún espectáculo que en él se desarrolle.

El porqué del nombre no está para mí demasiado claro, tras haber dedicado un rato a investigarlo en la Red. Pero me quedo, al fin, como más probablemente cierta, con la explicación que ofrece la crítica taurina de una corrida de la feria de Málaga de 1966, publicada en el diario ABC. Según ella, “el tendido de los sastres” es el resultado de una degeneración espontánea de la expresión original que era la de “el tendido de los desastres”. Con éste nombre se hacía referencia a los exteriores cercanos a la puerta de mulillas de la antigua Plaza de Toros de Madrid, sita cerca de la Puerta de Alcalá, en la que no existía alojamiento interior que hiciera las veces de desolladero. Eso suponía que había siempre, en las tardes de toros, un grupillo de desocupados que echaban el rato viendo en directo el descuartizamiento del astado en plena calle. Que a punto estoy yo de decir que ya hay que estar desocupado para preferir la ocupación de contemplar semejante cosa, a cualquier otra. Pero no me atrevo, toda vez que a mí me resulta de un entretenido mollar (aunque poco sincrónico con la distancia a la que aún tengo la jubilación), el ver el trabajo de las grúas en las obras de las ciudades; sin que me importe gran cosa cuál sea la obra, la marca de la grúa o la ciudad.

Pero me vengo de nuevo a lo que quería contar. El otro día mi padre me recordó este término a propósito de un hecho que me parece, cuando menos, tierno (sí, ya sé que el uso de esta palabra, desde nuestro entendimiento del mundo actual, parece algo inapropiado -una mariconada, vaya-, pero es la mejor que he podido encontrar), y sin ninguna duda, nostálgico.

Pegado al antiguo estadio de Chamartín, que se encontraba donde hoy lo hace el estadio Santiago Bernabéu, había un desmonte desde cuyo alto se podía ver una buena parte del terreno de juego. Allí se reunían los aficionados, fundamentalmente chavales, cuyo bolsillo no resistía la compra de una entrada. Pues bien, existía la costumbre de que cuando un balón se salía de los límites del estadio, a aquel que lo devolvía al recinto -normalmente alguno de los ocupantes de aquel singular tendido de los sastres, que eran los que estaban más atentos a la jugada-, se le permitía el acceso definitivo al mismo sin tener que pagar entrada.

La reflexión sobre este hecho, puramente anecdótico, puede servirnos para ilustrar algunas diferencias entre cómo eran las cosas entonces y como son ahora. Por supuesto, los recursos disponibles, el nivel tecnológico de las sociedades desarrolladas, y los principios que “rigen” la forma de interactuar las personas en lo referente al ocio, los negocios, y otros muchos ámbitos, han sufrido un cambio radical. No cabía esperar menos de 70 años de días tachados en el calendario. Pero la pregunta del millón sigue sin estar respondida: ¿Existe una relación de proporcionalidad entre la evolución de todos estos factores, y la de la satisfacción personal de los individuos en el desarrollo de sus vidas? ¿Debería haberla?

Bueno, pues ahora que he introducido una de esas preguntas imposibles, me las piro de forma cobarde (e ignorante también, sirva esto en mi descargo). Pero no sin antes decir que de todo esto, al menos una cosa me queda clara: El tendido de los sastres no podía recibir su nombre en honor a la proverbial falta de recursos económicos de los modistos. O eso, o los maestros en idiomas mienten como bellacos cuando nos enseñan inglés, haciéndonos repetir aquello de “My tailor is rich”.

viernes, 16 de marzo de 2012

Dietario Errático (24-06-2011)


El tipo que inventó el teclado qwerty, aportó al mundo algo que está hoy tan difundido, que no parece muy discutible aceptar que estamos ante un ejemplo paradigmático de lo que llamamos ‘innovación’. He practicado una consulta rápida y oportuna en la Red, y sabido por ella que el teclado qwerty lo inventó en 1868 un sujeto llamado Sholes. Este dato no me ha aportado gran cosa, es cierto. Pero lo verdaderamente doloroso es que cuando por caprichos del azar, este tema salga (que ya es difícil, me parece a mí) a colación en alguna conversación con amigos, no podré darme el pisto soltando el dato inadvertidamente, porque para entonces, habré olvidado con toda seguridad, el nombre del tipo y el año. Pero para sacar algún provecho de lo que hoy sé, diré que en realidad, no fue tanto inventar lo que hizo el inventor, como llevar a la práctica, en el terreno de la mecanografía, la sensatísima idea perfectamente explicada unos 70 años antes por Napoleón, cuando dijo aquella famosa frase que se le atribuye de “Vísteme despacio, que tengo prisa”. Y es que el teclado qwerty distribuía los martillos mecánicos que sostenían las letras, a lo largo del sector semicircular que los albergaba, de manera tal, que se garantizaba que no se quedaran enganchados dos de ellos que estuvieran muy próximos. Es decir, aseguraba más tiempo entre los golpeos de dos martillos vecinos, y por lo tanto, una mayor lentitud en la escritura. O sea, que se trató en realidad de una innovación anti-innovadora. Pues vaya.

Algo debía yo de columbrar de todo este tema, aunque sin saberlo hasta ahora, porque nunca he sido bueno con el teclado qwerty (ni con ningún otro, todo hay que decirlo). Pero lo más descorazonador (más incluso que lo de olvidarme mañana mismo del nombre del inventor) es que tampoco me sé aplicar la máxima de Napoleón, y por eso, a pesar de haber tardado una cantidad exagerada de minutos en escribir esto, al final no he dicho gran cosa. Qué se le va a hacer.


martes, 28 de febrero de 2012

Dietario Errático (13-06-2011)





Quiero pensar que cuando mis 20 años (que no los años 20, cuidadín con las bromas), yo era esencialmente como soy ahora. Sí, entonces pesaba unos diez kilitos menos (¿o eran doce?, número bíblico donde los haya), pero eso es una nadería en realidad, porque entonces estaba algo flacucho… creo.

Cuando mis 20 años, solía compartir la mayor parte de mi tiempo de ocio con dos amiguetes que me llamaban el “loco”. Esto era un término cariñoso que comprendía habilidades tales como acordarse de los chistes, y contarlos con entusiasmo; aporrear el piano que había en casa de mis padres hasta conseguir que sonara algo interpretable como casi música; estar en la puta inopia en lo referente a los malos rollos de la Peña (que en aquellos entonces de juventud, ya había individuos con habilidades precoces en ese sentido). En fin, que se conoce que yo era un tipo más o menos alborotado, ma non troppo.

El día que cumplí los 21 (o puede que fueran 20, que la memoria es caprichosa), mis dos amiguetes me regalaron un cenicero triangular de esos de barro, pintado de blanco, y en cuyas paredes laterales (tres como todo triángulo que se precie) ponía el día del evento en cuestión, en la primera; “el loco de”, en la segunda; y “Louisville”, en la última. A mi pregunta de por qué Louisville, la respuesta fue categórica: “A Louisville le pega tener un loco. Ves: ‘El loco de Louisville’. Suena bien”.

Conservé aquel cenicero cuanto tiempo pude, pero al final desapareció en alguna mudanza, u otro evento catastrófico de similar gravedad para los recuerdos personales. No sé cuándo sucedió, pero imagino que fue entonces cuando me volví cuerdo. Y así he estado durante algunos años, puede que demasiados: cuerdo.

Aunque el deterioro histológico es inexorable; no es, en realidad, determinante. Eso se aprende un día. De repente y como por ensalmo. Es como cuando se te enciende una bombilla en el coco de forma inesperada, y uno entiende qué coño son los puntos de inflexión de una función matemática. Un chorro de sabiduría que te golpea el intelecto y te hace un poco feliz.

Yo ya tuve ese día, de manera que quiero pensar que hoy soy, esencialmente, como cuando mis 20 años. Y ello, aunque ya no fume.




viernes, 13 de enero de 2012

Dietario Errático (04-06-2011)


Felipe es un tipo alto de tez morena que está permanente pegado a una sonrisa. Felipe es cubano. Y pintor, y grabador, y dibujante y escritor. Felipe es, por lo que le conozco (y estoy seguro de que solo puedo ver un trozo muy pequeño de su humanidad), un hombre renacentista, y, desde luego, un tipo excepcional.

Felipe ha expuesto su obra pictórica en muchísimos lugares de todo el mundo, y sin embargo no vive de la pintura. Un día le pregunté que cuánto podían costar sus cuadros, y me vino a decir algo así como que quien quiere vivir del arte, no puede vender sus obras por debajo de un precio mínimamente razonable. Eso es así, porque aquel que compra arte, piensa que no es arte lo que está comprando, si su precio de adquisición es demasiado bajo. Además, la obra de Felipe es magnífica (a los ojos de este que suscribe), de manera que no puedo permitirme comprarle un oleo sobre lienzo de 100x70, pongamos por caso. Y es alguno de esos oleos suyos, lo que a mí me gustaría tener colgado en la pared de casa.

Sin embargo, la guita sí me alcanzó para encargarle un ejemplar de un poemario que tiene escrito, y que complementa con ilustraciones de algunos de sus cuadros. Y tardó un poquito en llegar el libro, porque Felipe tuvo que encargarlo a Estados Unidos, a una de esas empresas que te hacen ediciones cortas, incluso de un solo ejemplar. Creo que en algún sitio de Connecticut (o puede que fuera otro Estado, pero es que a mí me gusta mucho como suena Connecticut. Me encanta). Y es por eso que tengo un poemario de Felipe, que me ha dedicado utilizando para ello unas palabras cariñosas, y el dibujo de un rostro de mujer, hecho a vuela pluma con un bolígrafo azul.

Cuando bajamos a comer al restaurante de menú del día de al lado de la oficina, me encanta cómo me saluda Felipe. Siempre encuentra, entre las agitadas prisas de la hora de servir comidas, un hueco para hacerlo; con su sonrisa pegada al rostro y un apretón de manos. Y me gusta cuando me dice: “¿Qué pasa, campeón?”, cuando es evidente que si algunos de los dos hubiera de ser tal cosa, quien pone los méritos es él y no yo.


Ilustración: Sueño Azul - Felipe Alarcón (1997)

jueves, 29 de diciembre de 2011

Dietario Errático (01-06-2011)


En ocasiones me parece que mi biografía no es sino un desierto, cuya travesía se me hace por momentos larga, por momentos no. A veces, también, me atormenta la idea de que lo peor pudiera estar aún por venir; pero a ratos no sucede tal cosa. Y es que acaso tan ingente ser de arena tenga vida y voluntad propias, y a medida que en su suelo se amontona el polvo en el que, a modo de epílogo arqueológico, se convierten los episodios de mi existencia, pudiera ser que el viento, obediente, lo lleve raudo hasta el otro extremo del erial, para allí seguir creando más y más desierto. Que es más vida, y menos certezas, o quizá no. Y así sucesivamente. Y así, hasta que la incertidumbre me asegure el no estar seguro de ser yo por más tiempo, o también tampoco. Y es que, como todo el mundo sabe, el desierto nos entusiasma transformando la realidad en espejismo; y nos desalienta haciendo de los espejismos, realidades.

A menudo, la cantimplora es lo de menos.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Dietario Errático (27-08-2011)


De este mundo que tenemos, dicen los científicos que es un espacio finito, porque tiene la extensión que tiene, y ni un metro más; pero ilimitado a la vez, porque podríamos recorrer su superficie de forma indefinida sin llegar a toparnos jamás con extremo alguno.

De este mundo que tenemos, dicen los agentes económicos que es un espacio global, porque en el curso de sus operaciones tienen acceso casi a cualquier rincón, sin encontrarse en su camino ninguna valla de piedra de esas que solía haber por los campos, y para las que las inciertas consecuencias de haberlas saltado, siempre nos ponían el corazón en un puño. Supongo que prefieren pensar que el planeta es más ilimitado que finito.

De este mundo que tenemos, dice otro grupo de personas como demógrafos y ecologistas, que o bien organizamos mejor la disposición de las gradas que hay en él, o habrá que colgar en pocos años el cartel de “no hay billetes”. Para este colectivo, por tanto, La Tierra sería antes un espacio finito que algo ilimitado.

El huracán Irene no necesita comerse el tarro con semejantes disquisiciones. Piensa que, en realidad, no es nuestro este mundo que tenemos, sino su jardín. Y por ello bailará a su antojo en él sin dar demasiada importancia a lo extemporánea que su coreografía pudiera resultar para otros.

Así que, al final del día, que diría un inglés, puede que el planeta no sea una esfera perfecta, sino más bien algo poliédrico (palabra muy socorrida para los opinantes de las tertulias radiofónicas); y si tuviéramos que decidir hacia qué cara de él miran con mayor asiduidad los que toman las grandes decisiones políticas, quizá habría que concluir con una cierta perplejidad y tristeza, que puede que estén deseando que llegue la temporada de huracanes, para poder atender a lo urgente sin tener que decidir sobre lo importante.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Dietario Errático (30-05-2011)


Mi amigo Enrique tiene una cosa que se llama epicondilitis. Algo que se conoce también como “codo de tenista”. Digo yo, echándole a la cosa altas dosis de intuición y demostrando mi elevadísima capacidad detectivesca, que porque debe ser habitual en los tenistas.

El caso es que yo ya lo había tenido antes que él, y haciendo uso de mi experiencia y de su paciencia de contertulio aleccionado, le he recomendado que se lo haga ver por el mejor traumatólogo que pudiera encontrar, que a veces el tema éste se pone jodido; y que la traumatología es muy de disponer soluciones terapéuticas ’high quality’, junto a otras no tanto ‘low quality’, como lo siguiente (expresión que se ha puesto muy de moda en los últimos tiempos) a ‘low’. Y es que, como en casi todos los órdenes de la vida, aunque en este caso resulta algo especialmente doloroso e injusto, en la atención sanitaria también hay que tener suerte. Quien da con un médico con la voluntad de atender a enfermos antes que la de enfrentarse a enfermedades, tiene más probabilidad de ayudar a que el cuerpo (nuestro mejor médico al fin y al cabo) se le ponga bien.

El médico de Enrique es un traumatólogo eminente. Un hombre de absoluta garantía, aunque desgraciadamente le ha venido a decir que no hay gran cosa que se pueda hacer. O sea, en román paladino: “aguántese usted ese dolor que le despierta por la noche, y haga lo que pueda. ¡Ah!, y suerte”.

Ayer, mientras hablábamos de esto, Enrique me dijo: “¿sabes lo que verdaderamente me jode de todo esto?, que yo no sé distinguir una raqueta de tenis de una sartén”.

viernes, 18 de noviembre de 2011

Dietario Errático (03-08-2011)


Hoy me he despertado con la sensación de tener un peso extraordinario (que no se correspondía con el del aire, que es liviano como todo el mundo sabe) encima de mí. Cuando al final me he podido incorporar, he visto que lo que me aplastaba en mi transición a la vigilia era el diferencial de la prima de riesgo de la deuda soberana española con respecto al bono alemán (joder, que nombre más largo. Parece el de un infante de la familia real o algo así), que anda estos días más recio y rotundo que los tipos esos que hacen concursos de arrastrar camiones. No sé. Me da por pensar que lo mejor que puedo hacer es darme cualquier capricho que esté hoy al alcance de mis economías, para prevenir que dentro de algunos meses, semejante concepto, el capricho posible, pase a pertenecer a la categoría de entelequia sin haber hecho yo uso de él a plena satisfacción.

Y el caso es que a mí sí que me salen las cuentas. Me explico. La evolución del Producto Interior Bruto Mundial, de acuerdo a los datos y estimaciones del FMI en los tres últimos años es la siguiente (salvo error u omisión del que suscribe, que todo es posible por lo malaje que se ha puesto el dar con estos datos en la red):

2009 = - 0,524 %
2010 = + 5,010 %
2011 = + 4,401 %

Parece que el año 2009 fue el de pasar las de Caín. Pero en términos meramente intuitivos, cabría pensar que la cosa ha ido mejorando, y que durante este año 2011 cada habitante del planeta podría vivir un 4,4 % mejor que el año anterior. O expresado de otro modo, y dicho con una cierta crudeza: si existe una gran cantidad de personas en el mundo cuya renta anual se incrementa porcentualmente en cifras capaces de contener varias decenas (y las hay, no les quepa la menor duda de que las hay), hay otras que necesariamente deberán olvidarse de comer, porque alguien tendrá que aportar el factor negativo a esta magnitud estadística tan mentirosa, pero tan ilustrativa a un tiempo. Sí, ya sé que esto es una simplificación de la realidad y que las cosas no funcionan así. Claro. Pero sé también que hoy, las cosas “no funcionan”, a secas, para un porcentaje brutal de la población mundial, o de un país, pongamos que hablo de España, o de cualquier otro conjunto de personas que tengan una forma de “organización” social común, de la que nos dé por hablar; de manera que empieza a no servirme de consuelo que la realidad sea injusta. Cuando eso ha sucedido en el pasado, la Historia nos dice que lo que se hace es cambiar la realidad. Y eso no supone necesariamente montar revoluciones varias ni incrementar el consumo de guillotinas. No hace falta tanto.

La gente suele decir que hombre, que no hay que ser ingenuos, que todo el mundo sabe que las decisiones en materia de economía no las toman los políticos, sino los poderes económicos globales, o locales, que sostienen a éstos. Y luego de decir eso, ya no dicen más nada. ¿No es increíble? Nos hemos acostumbrado a lo inaceptable, y ya no hay dolor. Y luego, a pesar de todo, esos políticos que han hecho de su independencia, de su vocación de servicio público y de su elogio constante al concepto de solidaridad, objetos de comercio, obtendrán, pese a todo, unos magníficos resultados electorales. ¿Cómo coño es posible que los mercados pueden atacar a los Estados (informadores económicos dixit), si son los gobernantes de los Estados los que hacen las leyes que tienen que acatar los mercados?

Y no crean que se me escapa que esto es algo que ocurre en todos lados, y que enderezar la cosa es una cuestión más que complicada y larga en el tiempo. Sí que lo sé. Puede que por el hecho de saberlo me haya costado tanto superar esta mañana el lastre que suponía el tejido del que está hecho el diferencial ése del que todos hablan últimamente. Quién hubiera dicho que un ‘punto básico’, con ese nombre tan de poquita cosa, tan de no romper un plato, pesara tanto como el Osmio. ¡Manda huevos!

lunes, 7 de noviembre de 2011

Dietario Errático (20-09-2011)


Los próximos años que cumpla mi padre serán noventa. Como el ángulo recto, vaya. Ese cerro de trienios acumulados le convierte en miembro de pleno derecho del club de personas, de censo ya bastante escaso, que conservan recuerdos personales de hace 75 años. Cada uno los suyos, claro. Pero todos creados a base de su propia presencia en algunas de las escenas de nuestra Historia de entonces. Historia que, pese a los años transcurridos, aún no es la misma para todos.

El otro día le desvelé a mi padre mi aspiración ilusorio-electoral para las próximas generales de noviembre, y que no es otra que que los dos grandes partidos sufran un batacazo lo más importante posible, aún cuando alguno de ellos acabe, inevitablemente, por gobernar. Tras este despliegue de insensatez (colijo que este es el adjetivo que él asignó a mi comportamiento, aunque no lo dijera), y habida cuenta de que declaré asimismo mi intención de votar a algún partido de ámbito nacional; mi padre hizo un recuento rápido de las opciones posibles, y se alarmó de inmediato. La causa: que Izquierda Unida era una de ellas.

Claro, ni a mí me gustaría, ya a estas alturas, contribuir a que los recuerdos de mi padre pasasen a ser elementos desechables, cuyo significado se ha quedado obsoleto con el paso de los años, ni creo que su voluntad me lo consintiera. Tendría que hacerle cambiar de opinión cada día, porque cada día se habría perdido en los retranqueos de su memoria, el cambio ocurrido en la jornada precedente.

Por ser mi padre quien es (y esto, como es natural, no tiene mérito ninguno), puedo comprenderle; y aún soy proactivo a la hora de evitarle discusiones inútiles sobre determinados temas. Pero haría lo mismo con cualquier otro miembro de su club de mayores, y con idéntica empatía. Lo que no me cabe en esta mollera mía, estrecha y atónita, es que la alarma que sintió mi padre el otro día, pueda ser compartida por personas de la siguiente generación a la suya, que es la mía; y aún incluso por las de la siguiente a la siguiente, para las que el concepto de “las dos Españas” debería ser apenas una leyenda, o ni eso. O sea, los no nacidos en esos tiempos, tan antiguos y tan españoles, en los que las ideas políticas diferentes de las propias, eran signo inequívoco de enfermedad.

Y es que hay quienes siguen empeñados en que la frontera de sus vidas se vea acechada, hoy y siempre, o por “rojos” o por “fachas”. Y digo yo que con tanto correr la Historia, y ponerse el glosario político ya tan macizo de términos, ¿no podían encontrar estos “jóvenes de la tercera edad” otras denominaciones que resultaran algo menos fósiles para expresar su falta de tolerancia?

¡País!, que diría mi admirado Forges.





viernes, 21 de octubre de 2011

Dietario Errático (28-05-2011)



La pasada noche me he vuelto a despertar cuando no tocaba. No sé cuántos días de ocurrencia de un hecho convierten a éste en un hábito, pero espero que sean muchos porque si no, la cosa podría empezar a preocuparme. Ha sido una suerte, sin embargo, que no tocara trabajar hoy. A pesar de que dormir poco me sienta fatal, no tanto en el terreno de lo emocional, que también, como en el de lo físico; cuando he salido de casa tenía los ojos en su sitio, funcionalmente hablando, quiero decir; y en virtud de ello he podido distinguir que el tipo con el que me he cruzado al salir del portal iba ataviado con una camiseta del Manchester United. Toda ella roja; toda ella con las siglas AIG (que se corresponden con las de una de esas empresas que mira para otro lado, cuando todos miran, o deberían, a los efectos devastadores de la crisis financiera internacional. Pero esa es otra historia).

Los andares del tipo de la camiseta del Manchester no eran los de quien pasea alejado de las prisas cotidianas, sino más bien los de quien tiene encomiendas pendientes y recados varios por hacer. Vaya, que caminaba ligerito. A la hora de las cañas, y al hilo de este asunto, un amiguete me ha preguntado si el sujeto en cuestión tenía aspecto de guiri. Pero no. No lo tenía. Parecía más bien un tipo descendiente de una cadena ininterrumpida de, calculo, unas veinticinco generaciones ibéricas. De manera que he tenido que concluir en que su indumentaria era un acto testimonial. Un mensaje para cualquier viandante con el que se cruzara, incluidos los que no han dormido bien. La representación inequívoca, al fin, de un deseo íntimo e intenso.

Si el Barça perdiera la final de esta noche, podría estacionarme yo en la ventana de casa, por ver si pasa de vuelta el sujeto de la camiseta roja. Y aunque es bastante improbable que me decida a hacer tal cosa, estoy convencido de que el tipo llevaría un gesto de satisfacción en el semblante. El lógico, por otra parte, de quien ha resuelto satisfactoriamente todos los asuntos planificados para la jornada cuya finalización dicta la oscuridad de la noche.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Dietario Errático (27-05-2011)


He podido saber por un libro de esos de divulgación científica (que tengo estratégicamente colocado en el cuarto de baño), que el gen de la mano de seis dedos es dominante sobre el de la de cinco. Esto significa que, tarde o temprano, la población del planeta en su conjunto tendrá seis dedos en cada mano. Eso, si Mendel no nos ha llevado al huerto con los conocimientos que de él hemos heredado, y que consideramos verdades. Eso, si para cuando esa multiplexación dactilar universal al fin se complete, aún queda planeta (de todo se puede obtener una lectura positiva: si la cosa fuera de efecto inmediato nos lo cargaríamos un 20% más deprisa). Eso, si aún quedando planeta, quedan para entonces propietarios de dedos.

Miro el cartel del Estudiantes que tengo en la pared, y me pregunto con tristeza que qué cantarán entonces los miembros de la Demencia. Porque no le veo buen arreglo, desde la ortodoxia de la métrica y la rima poéticas a aquello de:

Los dedos de las manos,
los dedos de los pies,
la polla y las dos bolas
suman todo veintitrés.

Maricón el que no baile…

En fin, me queda el consuelo de que puede que la mano que cada uno tenga destinada a echar un cable a los demás, sea, igualmente, más poderosa, más decidida y más solidaria. En eso, el listillo de Méndel no se mojó.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Dietario Errático (26-05-2011)


Mi hija adolescente se ha echado un novio. Así, con ese deje de despreocupación (y puede que un tonillo algo madrileño), suelo yo describirlo cuando toca hablar de ello. Y es que, aunque la mayoría de los testimonios paternos circundantes que he tenido ocasión de escuchar, han coincidido en alguna frase del tipo: “Ya verás cuando tenga un novio. Prepárate”, yo nunca le he dado mayor importancia a este asunto.

Ayer fui al colegio de mi hija, a ver la representación de “Otelo, el moro de Venecia”, obra en la que ella actuaba. Y tuve ocasión de conocer al chico. Según parece -eso me han dicho quienes le conocen de antes- se vistió una indumentaria escogida con cierto cuidado. Algo desviada de sus hábitos (nunca mejor dicho) de chaval al uso del siglo XXI. Es algo que considero comprensible, si uno se encuentra zarandeado por fuerzas de naturaleza extraordinaria, como por ejemplo “el marrón de conocer a su padre”. Tan solo tuve ocasión de saludarle, cosa que hice con la cortesía que la situación requería, y poco más. Sin embargo, esta mañana, al mirarme al espejo, me ha parecido distinguir un cierto bronceado en mi tez, en el que no recuerdo haber reparado antes. Hasta hace un par de días, sin ir más lejos.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Dietario Errático (Introducción a la cosa)


Un servidor no tiene por costumbre el encontrar cada día una buena idea para escribir un relatillo, o algún otro tipo de texto que echar a este almacén. Ni tampoco el tiempo necesario para completarlo de una manera más o menos satisfactoria, desde la óptica de lo subjetivo, caso de que la idea existiera. Y sin embargo, escribir algo, aunque sea una mínima reseña de lo que a uno le aconteció en una determinada fecha, no importa si su importancia es pequeña, puede ser una actividad igualmente satisfactoria. De hecho, en general los blogs tienden a utilizarse más para esto último, que para depositar ficciones en ellos.

Así que he decidido ignorar la máxima aquella de que nada aporta el “hablar por hablar” o, por extensión el “escribir por escribir”, ya que lo segundo no es sino una forma alternativa de hacer lo mismo que se hace con lo primero. Pienso, y además me resulta de utilidad hacerlo, que se trata de una máxima de mínima virtualidad, sobre todo para el que habla o escribe. Para ése, es una vía esencial para facilitar el escape de todo ese montón de residuos que se nos forma cada día como consecuencia de los pensamientos inútiles que nos inundan la cabeza. Así pues, digo, hace algunos meses que empecé a escribir por escribir, cuando no hubo una cosa distinta para ser escrita, que atendiera mejor a otras finalidades más concretas.

Y para materializar esa decisión creé este Dietario Errático. Se trata de pequeños textos a modo de diario, que aunque no constituyen un diario propiamente dicho, puesto que éste no es alimentado cada día; sí tienen una naturaleza parecida, porque el rasgo común de todos ellos es que son pequeños sucedidos de mi día a día, o reflexiones que yo me hago cuando me da por pensar. O sea, que yo soy el centro de gravedad de todos ellos. He tenido mis dudas, no crean, porque con esto, mi nivel de exposición a los ojos ajenos se multiplica. Pero, ¿qué quieren que les diga?, puede que el no enseñarse a los demás quizá no sea, después de todo, un síntoma de madurez, sino al contrario.

El Dietario Errático es una licencia que puedo permitirme porque el blog es mío, claro. Pero es una licencia que debo permitirme porque algunos días la montaña de barreduras intelectuales con la que llego a las horas finales del día, requiere algún tipo de acción terapéutico-limpiadora. Y si además lo hago con agrado, pues mucho más mejor.

En lo sucesivo, iré colgando de forma errática (no podía ser de otra manera), algunas de las entradas de este Dietario Errático, aquí, en la etiqueta de Rituales. Y ello hasta que algún día me dé por pensar que todo este ladrillo que les acabo de meter, no es sino una excusa de ocasión para abrir otra línea de “negocio”, o hasta que me dejen de ocurrir cosas. O hasta que no me apetezca más. Total, como en realidad nuestro mundo resulta a veces tan errático…