estrachas del ocelote

Pequeño almacén de letras



sábado, 6 de marzo de 2010

Desayuno




La cocina está pegada a un pequeño tendedero (o quizá éste a aquella) que supone la única oportunidad que tiene la luz para penetrar en la estancia. Lo hace a través de un conjunto de lamas metálicas dispuestas horizontalmente que son frontera entre el tendedero y el patio exterior. Las lamas, que observan una cierta inclinación, permiten la entrada de haces de luz paralelos que se estrellan contra el suelo de cuadros blancos y negros. A esa hora del día, la del desayuno, y en los días luminosos, parece que la casa se empieza a inflar de vida y movimiento desde allí. Desde el tendedero. Es por eso que los días en que ha habido lavadora y hay que tender la ropa, amanece más tarde, y a veces, no termina de hacerlo.

Pero hace tiempo que algo ha cambiado. Ya no acuden al desayuno las volutas de humo que acostumbran a enroscarse caprichosamente alrededor de la nada aérea. Con ellas, el desayuno era más desayuno que ahora, porque su presencia perfilaba con precisión los haces de luz en el encuentro de ambos, y éstos, a su vez, adquirían la importancia de los focos en el teatro, y se hacían más patentes los esfuerzos del nuevo día por ser mañana. En ese sentido, el médico fue muy claro: “Al tabaco no le dé cancha. Si lo hace, el tabaco le matará”. Siempre pensé que para ese viaje, hubiera bastado el médico que hay pintado en las cajetillas de cigarrillos, como dentro de una esquela. Puede que el otro médico, el de verdad, no hiciera sino concluir lo mismo que todos los que a una determinada edad dejan de fumar únicamente porque toca hacerlo. Y que fuera esto último lo que hizo efecto en la voluntad de Pedro.

Ahora, observando esta atmósfera de ocres y grises, lo único que se puede asegurar es que el polvo de las casas sigue el mismo principio que la energía, al menos el que seguía entonces, cuando la escuela; y no se destruye nunca, pese al esfuerzo conjunto de Manuela y su impedimenta limpiadora que se despliegan sobre el terreno doméstico cada viernes. Sólo se traslada de un sitio a otro.

Hay un mostrador de desayuno que ha conseguido, después de algunos años de perseverancia, hacer de la cocina una habitación más de estar. De cocinar nunca lo fue mucho, y últimamente, menos. Al lado del mostrador, dos banquetas de altura media hacen posible estacionarse allí, cerca de la taza de café. Ahora, una de ellas no cumple con su función principal. Eso es así desde el día en el que Paloma fue introducida a rastras, aunque no en contra de su voluntad dormida, en aquel vehículo con su luz de color amarillo auto girando en el techo. El día en que ya no volvió, quien iba a decirlo, fumadora empedernida, no por culpa del tabaco.

A Pedro se le carga la espalda cuando, apoyando los codos sobre el mostrador de desayuno, se inclina sobre la vertical del café negro. Si no le conociera, diría que leyéndolo. O quizá es como si lo protegiera. Como si temiera que algún pequeño soplo de viento, llegara a descolocar la quietud del líquido en la taza, rompiendo a la vez su ensimismamiento. Justo es ese el momento que aprovecho yo para salir a flotar por ahí. Entonces recorro cada rincón de la cocina, como si fuera un avión de reconocimiento. Paso por encima del frigorífico, y compruebo que resulta demasiado alto para los recursos materiales y tácticos de Manuela. Puedo subir incluso por encima de la altura a la que se encuentran los ojos de Pedro, y observar los haces de luz que vienen del tendedero, y que desde allí son especialmente hermosos. Siempre pienso que me gustaría saber transmitirle esa imagen a Pedro a mi regreso, pero nunca sé si lo consigo. Él no me habla. Creo que no sabe que existo. O puede que si lo sepa, pero no cómo hablarme. O quizá sea yo quien no sabe cómo escucharle a él.

El mostrador de desayuno no estaba al principio. Pero su hueco lo pedía a gritos. No entiendo cómo Anselmo, el casero, no se daba cuenta de ello cuando desayunaba aquí. Tal vez, la atención sin reservas que le requería su hija, le distrajo de otras actividades más prosaicas. Ahora, Anselmo le ha dicho a Pedro que vuelve a necesitar la casa, también con su cocina, porque su hija encontró las atenciones de otro, otro tipo de atenciones, y necesita un sitio donde vivirlas. Pedro le contestó con esa proverbial calma suya que la cosa era bien comprensible, y que, por favor, trasladara a su hija sus saludos y deseos de felicidad.

No todos los días existe tiempo suficiente como para disfrutar del desayuno. En realidad, lo hay en muy pocos, porque los más suelen estar milimétricamente planificados para ser ocupados en actividades enfocadas a la organización y el desarrollo sociales, y no a lo que cada uno quiera. En los días de oficina, tomarse un café por la mañana responde casi a la necesidad de cumplir un punto de acción enfocado a la eficiencia. Uno que podría decir algo similar a esto: “alimentarse a primera hora de la mañana es necesario para dotar al cuerpo de la energía necesaria para lograr alcanzar el momento del siguiente punto de acción. De forma que hágalo, hombre, no lo olvide”. Además, en esos días, la luz va a la oficina de Pedro y no a su cocina, aún cuando cada vez se encuentra con que allí no tiene cómo disponerse en haces.

El jefe de Pedro está encantado con Pedro y con su trabajo. Pero le censura con asiduidad de metrónomo que ignore algunos caminos claros de promoción que se dan en el entorno del departamento. Sobre todo ahora, que no tiene ataduras domésticas, y que debe sobrarle el tiempo. “No es por el dinero -suele decir¬- es que es un pecado no sacar más partido de ti”.

Creo que esa es una de las cosas que más ocupa la mente de Pedro en los últimos tiempos. E imagino que estará siendo sometida ahora a reflexión con ayuda del café. Y está también lo de buscar otro piso. Y Paloma. Tan reciente su ausencia. Y parece como si con ella se hubiera ido todo el mundo, justo ahora que se valora con mayor importancia la presencia de la gente. Muchas cosas a la vez. Muchas para los estrechos hombros de Pedro protegiendo su café.

En el tendedero hay colgado un trapo amarillo de algodón que está muy desgastado por efecto del uso, y sobre todo por el del celo profesional de Manuela. Ella lo lava cada viernes y lo tiende a secar en una de las cuerdas del tendedero. Los haces que lo atraviesan aterrizan en diagonal sobre el mostrador del desayuno, invadiendo la zona enfrentada a la mirada de Pedro y calentando tibiamente su mano allí apoyada. Repentinamente Pedro, como respondiendo a dicho estímulo, sale de su concentración, se estira, y da un trago largo a su café. Entonces yo también vuelvo bruscamente. Lo hago desde los aledaños de la espumadera que se encuentra colgada en la pared próxima a los quemadores de la cocina, punto por el que transitaba en ese momento.



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A estas horas, y en estos días, siempre se me viene a la cabeza el mismo pensamiento. Debo ser de los pocos a los que gustándoles el café y la leche, no los toman juntos en el desayuno. Pero bueno, cada uno hace las cosas de la manera que mejor le parece. Así es como vamos caracterizando nuestro mundo cotidiano, supongo. Y oye, aunque la vida no suele estar como para tirar cohetes, creo que a mi las cosas no me van tan mal. A juzgar por los tonos que tiene hoy la luz de la cocina, parece que va a hacer un día precioso. Creo que me iré a montar en bicicleta por el campo, uno cercano que conozco y que aparenta ya no ser ciudad. Me conviene hacer algo de deporte, para ver si recupero un poquito el tono físico que perdí desde el día en que dejé de fumar. El mismo día en el que también Paloma lo hubiera intentado.



Noviembre de 2005

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