estrachas del ocelote

Pequeño almacén de letras



domingo, 27 de febrero de 2011

Cena con velitas


La cena se presentaba como un plan extraordinariamente atractivo, sobre todo por el atractivo extraordinario de aquella mujer. Para elegir el restaurante, utilicé el sistema que siempre empleo en estas ocasiones, es decir, llamé a mi amigo Julio que siempre está al corriente de qué restaurante es más bonito o más tranquilo o con la comida así o de esta otra manera, y todo ello por mucho que los restaurantes no acaben de permanecer estables de tanto abrirse y cerrase.

Uno no sabe qué pensar en situaciones como esta. Aunque la cita respondía principalmente al ánimo de cumplir con un compromiso adquirido el otro día en la boda del primo Carlitos (al que, por cierto, le ha durado más tiempo el diminutivo en el nombre que la soltería, y ésta le ha durado ya un tiempo más que prudencial) por culpa de algún cachondo mental, a la sazón, aprendiz de alcahuete; lo cierto es que siempre existe ese trocito de expectativa, o deseo, o de “y mira tú que si resulta que...”, que te hace estar nervioso. Además, como ya he dicho, la mujer era muy guapa, nada que justifique un proyecto de vida en común, pero sí una cena con velitas. Eso, por lo menos.

Todo iba bastante bien hasta justo antes de los postres. Entonces, yo ya disponía de la soltura suficiente (es lo que tiene el vino tinto) como para arriesgar algo. Y arriesgué. Acerqué mi pie por abajo hacia el otro extremo de la mesa donde yo calculaba que encontraría su pierna. En las películas, esto de hacer piececitos es algo bastante socorrido, y el porcentaje de éxito de tal práctica, elevado. Desafortunadamente, y no obstante lo que el cine pueda decir, el cálculo de la maniobra no fue correcto, ni lo fue tampoco la velocidad utilizada para la aproximación. A consecuencia de ello, la puntera de mi zapato fue a percutir de forma seca y precisa contra la espinilla de ella; a lo que, como quiera que este golpe resulta por lo general dolorosísimo, mi invitada respondió con un respingo en su silla para cabecear violentamente una estantería situada justo detrás de su posición de comensal. Ante el encadenamiento de sufrimientos físicos del que yo era involuntario causante, me levanté atropelladamente para interesarme por el estado de salud de mi compañera de cena, y al hacerlo golpeé su copa de vino provocando el vuelco de la misma sobre el mantel, y el inevitable y rápido desplazamiento de su contenido sobre aquel, hasta precipitarse en la falda de a la que ya casi se le podía atribuir el calificativo de interfecta.

Ni siquiera como miembro de la expedición del “Viaje al centro de La Tierra”, hubiera encontrado yo tierra lo suficientemente profunda por la que verme tragado en la medida en la que lo necesitaba en ese momento; de manera que con la apresurada excusa de buscar ayuda para la limpieza del estropicio, huí de allí rumbo al guardarropa. De camino recordé que el vino tinto tiene otros efectos adicionales al de anular la prudencia de las personas, y me metí en el lavabo. Necesité algún tiempo para intentar calmarme, y a pesar de todo, decidí volver a la mesa sin haberlo conseguido.

Ella no estaba allí. Ni su bolso tampoco. Comprendí en seguida que aquel era el único desenlace lógico. ¿Quién iba a aguantar a un patoso como yo más tiempo del estrictamente necesario como para poder decir a los amigos del primo Carlitos, con conocimiento de causa ahora, que esta es la última vez que me liáis para algo así?. Estaba abochornado por el desastre que había resultado de mi actuación, y no cabía atribuir ninguna participación a la mala suerte, ni consolarse con ello.

-Ya te vale tío -me decía a mí mismo, mientras el camarero me ofrecía la cuenta que le había pedido. Y cabizbajo en buscar mi tarjeta me encontraba, cuando alguien dijo a mi lado:

-La mujer del guardarropa ha sido muy amable y me ha disimulado bastante la mancha con un aerosol que tiene. Es mejor que termines de contarme la anécdota esa de tu primo Carlitos en otro lugar más tranquilo. Aunque la cena ha sido encantadora, creo que debemos irnos si quiero sobrevivir a ella.



Marzo de 2004
Rev. en Febrero de 2006

domingo, 20 de febrero de 2011

La energía del Carbono



Dicen ustedes que hay que ir abandonando mi energía (que no es mía, en realidad, sino suya aunque robada a mí desde hace siglos). Lo entiendo, créanme. Incluso mejor que ustedes lo entiendo. Mi pensamiento, mucho más práctico que el suyo, y a salvo de las limitaciones en las que se ven ustedes atrapados por culpa de eso, tan exclusivo, que llaman emociones, me permite comprender la realidad más nítidamente que a sus complicadas mentes. No es que me parezca mal esa tilde que ahora me ponen, y que cambia mi naturaleza histórica de héroe del bienestar humano a otra de elemento prescindible. Lo que llevo mal es que se hable de mí como si fuera yo el milenario guardián del Apocalipsis. Joder, ya son muchos años de esfuerzo. Ni sé cuántos, venga de quemaduras y combustiones, de pico y de pala, de ciclópeo taladro con punta de diamante: vaya ironía, la de esta agresión fratricida que han inventado ustedes; para que ahora me vengan con esta mandanga.

Me piro, vale. Me voy a descansar, y olvidaré este hastío (apenas unos cientos de años serán suficientes para borrarles a ustedes de mi memoria), mientras sigo diseñando formas diferentes de materia, para esa ciencia geológica de la que ustedes nunca han sabido aprender lo suficiente. Me voy, está bien. Pero sepan que en este baile de destrucción, en cuyo guión ni siquiera ustedes se ponen de acuerdo, yo no fui quien eligió al Oxígeno como partenaire.

C


Noviembre de 2007
Rev. en Noviembre de 2009

sábado, 12 de febrero de 2011

Kei's Song

Hace años mi madre tenía un piano de pared, que antes había sido de su madre. De él, ella sacaba música, y yo ruido. Debió ser la proverbial tolerancia de la familia para con sus miembros (inevitables socios en la generalidad de los casos), lo que impidió que me echaran de casa o me ataran las manos con eficaces nudos marineros, para esquivar la tortura que debía resultar la escucha de mis probaturas. O quizá fue el deseo de mi madre, muy alejado de lo probable, de que yo llegara alguna vez a tocar el piano. Lo cierto es que después de muchas horas de ensayo propio y resignaciones ajenas, conseguí hacer soportable el sonido producido por aquellas viejas teclas; si bien, el repertorio era escasísimo, y entonces la paciencia familiar tuvo que adoptar otro tipo de estoicismo iterativo. Muy iterativo. Recuerdo que saqué esta melodía: ton - ton - ton ; ton - ton - to-tonnn ; ton - ton - ton ; ton - ton - to-tonnn. Exacto. Lo han adivinado. Son las siete primeras notas (interpretadas dos veces) del Birdland de los Weather Report: Esa obra maestra que a algunos nos pone la carne de gallina. Yo no le daba mucha trascendencia a mi logro, algo escaso, la verdad, pero mi amigo Julio me decía que sin las siete primeras notas, difícilmente podría obtenerse la octava (¿lo pillan?), y por lo tanto, lo mío era importante.

Hoy me da por pensar que quizá David Benoit tuvo un viejo piano de pared en casa de su madre; y que uno nunca sabe por dónde le llegan los tiros en la vida. En todo caso a él, a Benoit, le llegaron por el presunto piano de su madre o por algún otro, y el resultado de su trabajo es algo excepcional. O si no, escuchen esto.



domingo, 6 de febrero de 2011

El Club de ajedrez



Estudié en el Ramiro. Y aludo a ese lugar así, sin apellidos, como haciendo uso de esa absurda familiaridad que utiliza el que habla de lo suyo como si ello fuera una referencia inevitable para los demás. Ya comprendo que esto es de majaderos y que vaya usted a saber de qué me las quiero dar yo. Me hago cargo, es verdad, pero lo cierto es que estudié en el Ramiro. Así. Sin apellidos.

Pero permítanme que siga. En el Ramiro había, y aún hoy existe, un club llamado Estudiantes, cosa que es de casi todo el mundo conocida. Pero probablemente no lo es tanto que dentro del espacio del Estudiantes no sólo cabía el baloncesto como actividad lúdico-deportiva, sino que existían otras distintas: una de ellas era el ajedrez.

Un día me apunté a la sección de ajedrez del Estudiantes. Y aunque no recuerdo qué clase de buena idea me pareció el hacer tal cosa, supongo que algo habría detrás de mi decisión, descartando otras motivaciones más evidentes de las que carecía yo, al no contar con ascendencia rusa ni vínculos familiares en la ciudad de Linares, allá en el Jaén aceitunero y altivo.

Entre los chavales de aquella fría e improvisada sala del Magariños, y en aquel entonces, solíamos echar partidillas llenas de errores estratégicos y pequeños piques de colegial, e incluso, a veces, utilizábamos ese reloj de estrés que usan los buenos para meterse prisa mutuamente, y demostrar que el tiempo no siempre es propiedad de todos, sino que cada uno lo usa por turnos. Había un tipo alto y desgarbado (mi estatura de entonces me hacía ver gigantes en cada sitio) con acento argentino, que hacía las veces de responsable del lugar. Y no logro distinguir entre las escasas imágenes que conservo de aquellos años, que pudiera llamársele entrenador, tal era su inexistente discurso en lo referente a la apertura Ruy López, o a los Gambitos de Dama, o a cualquier otro concepto que pudiera servirnos para deslumbrar a los amiguetes “pringaos” que habían decidido no ser parte del cotarro.

Sea como fuere, aquello estaba lleno de tableros y mesas, y piezas, y ambiente; sobre todo ambiente. En todo esto ocupábamos algunas tardes entre semana, y luego, el sábado, venía lo bueno: a la cancha a ver a Gonzalo Sagivela, y al desmañado Cambronero.

Un día, el argentino nos anunció la inminente celebración de una partida simultánea, en la que veinte de nosotros tendríamos la ocasión (entonces a esto se le llamaba "mierda para cada uno") de enfrentarnos a un solo tipo. Me apunté sin dudarlo.

El día señalado y a la hora fijada, todo estaba preparado a lo largo de veinte tableros colocados en varias mesas dispuestas en forma cuadrangular. Las blancas hacia el interior del cuadrado. Las negras hacia fuera, en el lado de los abusones. Y se presentó nuestro contrincante con una paternal y encantadora sonrisa que poco tenía de rusa, si es que las sonrisas tuvieran pasaporte. De hecho, aquel tipo se llamaba Bermúdez y era, por aquel entonces, el entrenador del primer equipo de baloncesto del Estudiantes. ¡Pero qué poco serio! ¿Cómo era posible que el número uno del millón y pico de entrenadores que había a lo largo de todas las categorías del Ramiro, fuera, además de eso, un avezado ajedrecista? No podía ser. Las habilidades, aunque sólo sea por machacona querencia estadística, tienden a huir de la concentración en una única persona para repartirse por el censo poblacional como el polen en el mes de mayo.

En fin, algunos de nosotros tendríamos que hacerle pagar la osadía de pluriemplearse en profesiones ajenas; y eso, si no acababa su aventura en que él no consiguiera infligirnos a nosotros ni una sola derrota. No entraré en detalles que todavía, pasados los años, me resultan lastimosos, pero lo cierto es que nuestro mejor resultado fueron unas tablas, de las que, por cierto, no fui yo el protagonista.

Ahora que recuerdo aquella historia, pienso que realmente la estadística sirve para bien poco. Y supongo que Bermúdez era de esos tipos a los que envidiamos un poquito, o puede que más que un poquito, o más todavía, porque parece que se hubiera inventado a su medida cualquier cosa que les dé por practicar, siendo irrelevante el hecho de que lo hagan por vez primera o no, de que sea de habilidad con la mano o con el pie, de que se hagan imprescindibles en su práctica los reflejos, o la capacidad matemática, o incluso ingenio y simpatía, siendo la concurrencia de éste último caso, algo ya profundamente doloroso para los que engrosamos la parte ancha de la campana de Gauss.

De aquella época del Estudiantes a ahora no he mejorado sustancialmente mi nivel como jugador de ajedrez, pero sí he madurado como persona y he retirado trascendencia a las cosas pequeñas, como casi todos vamos haciendo tarde o temprano. Sigo considerando que el ajedrez es un juego magnífico, y lo he practicado de vez en cuando. Hace algunos meses, por ejemplo, eché un par de partidas con mi amigo Andrés. Las jugamos tranquilamente. Enviándonos las movimientos por correo electrónico, y sin establecer tiempos de respuesta máximos ni ninguna otra norma que implicara premura. Perdí en ambas, pero no me preocupó. Ahora soy más astuto, y escogí a Andrés como contrincante porque sé que no tiene ni puta idea de baloncesto.


Enero de 2004
Rev. en Mayo de 2007

sábado, 22 de enero de 2011

03:40 a.m.





Como cabía esperar de su profesionalidad y entrega al deber, esta mañana el despertador de la mesilla me ha devuelto a la vigilia una vez más. He saltado como un resorte de la cama, gracias a su alarido exagerado. Como si mi cuerpo, al igual que el de la máquina, estuviera lleno de automatismos incontrolables. En realidad lo está, por mucho que los suyos tengan algún contenido mayor en hierro y vidrio, y los míos en calcio e incertidumbres.

Aunque ahora soy un enteradillo, algo advenedizo, de los nuevos conceptos que la clase científica está desplegando sobre cómo estimular las células cerebrales (y que consisten básicamente en romper la rutina de los actos habituales, para provocar una contradicción en el funcionamiento de nuestras conexiones neuronales, y que éstas, tengan que espabilar), he decidido posponer su puesta en práctica hasta mañana (en realidad, tengo la sospecha fatal de que lo pospondré cada día, hasta que lo leído al respecto huya de mi memoria). En su consecuencia, la de mi acusado complejo de Escarlata O’Hara, he realizado con precisión de bisturí viejo las mismas tareas, y con idéntica cadencia, que vengo realizando desde el pasado lunes en la misma franja horaria, y que fueron entonces las mismas que el lunes anterior, y así sucesivamente hasta retroceder en el tiempo al primer lunes en el que mis automatismos se independizaron de mi voluntad. Una vez que he tenido terminadas todas las fases que componen la ceremonia de poner un cuerpo en marcha por la mañana, me he largado a trabajar.

Ha sido al detenerme en el primer semáforo en rojo, cuando he reparado en que mi reloj de pulsera marcaba las 03:40 a.m. He generado una mueca de disgusto al comprender que había desperdiciado la mitad de la noche, y ni siquiera me ha consolado el hecho de que mi madrugón descomunal fuera a suponer un grano, (de esos que dice el refrán que ayudan al compañero), para dar un empujoncito al Producto Interior Bruto del país. Pero en el segundo semáforo que me ha ordenado parar, es cuando he atado cabos. La mañana ya era mañana, el tráfico ya era tráfico, y el reloj del coche marcaba la hora habitual de que esas cosas sean así. En efecto, el reloj que ato cada día a mi muñeca, y que me ata, a su vez, a las exigencias de puntualidad de los hechos rutinarios del buen orden social, seguía marcando las 03:40 a.m., como esos relojes de las películas de intriga con crímenes irresolutos, que detienen el tiempo para delatar a alguien. Y entonces he bostezado con inusitada intensidad. Como si desencajarme las mandíbulas fuera un acto de supervivencia.

La mañana ha transcurrido con una cierta pátina de falsa tranquilidad. No porque el ritmo de la oficina se pusiera en un imposible estado de latencia, sino porque yo no he conseguido ponerme nunca a su altura. Los objetos habituales del entorno parecían recién sacados de un espejismo de náufrago. Ninguna de las tareas que he emprendido ha llegado a buen término, y el cansancio y el sueño me han tenido contra las cuerdas sin que pudiera yo oponer a ese estado de cosas, sino desaliento y confusión.

Al mediodía, y desde la ubicación de la oficina más próxima a mí, Miguel Ángel me ha dirigido un gesto de interrogación que no he sabido interpretar, a pesar de que es el mismo que hace todos los días, y que marca el punto de partida de los actos previos y necesarios para que nos vayamos a comer. Como quiera que no ha habido respuesta por mi parte, ni aún un pequeño gesto que demostrara que yo no era sólo un volumen de masa inerte, me ha preguntado directamente:

-¿Nos vamos a comer?

Y luego, tras mi terco silencio:

-¿Te encuentras bien?

-No estoy muy católico hoy. Pero de todos modos, ¿Quién coño puede meterse algo entre pecho y espalda a estas horas tan tempranas? Es incomprensible.

Miguel Ángel, un tipo discreto donde los haya, no me ha pedido explicación por mi exabrupto, ni me ha hecho notar que todos los días del año (excepto hoy) soy uno de los integrantes del grupo de personas de comportamiento incomprensible. Luego, él y el resto del elenco de comensales habituales han caminado hacia la salida. Lo han hecho sin hablar, al menos mientras yo he tenido contacto visual con ellos. Pero no habrá alma humana, ni siquiera el bueno de Miguel Ángel, que pueda mantener ese silencio, una vez que hayan llegado al ascensor.

A pesar de esta especie de astenia primaveral que me ha atacado en pleno mes de septiembre, me queda energía cerebral bastante como para comprender que me he comportado como un imbécil. Sin embargo, no la suficiente para determinar la causa de ello. Por lo general, soy un tipo razonablemente correcto, y cuando hago el gilipollas, suele ser de puertas adentro. O sea, tomando decisiones equivocadas e interpretando mal los hechos que suceden en mi entorno, y que no trascienden a la vida de los demás.

Es una suerte que la oficina se haya quedado desierta a la hora de comer. Gracias a ello, nadie puede sorprenderme dando cabezadas sobre la mesa. Se me antojan tan violentas, que probablemente soy el causante de un cierto viento a mi alrededor. Me voy al baño a darme un lavado de cara, a ver si así. Al mirarme al espejo, descubro esas pequeñas bolsas que se producen en las ojeras (que también muestran hoy un explícito color cercano al utilizado por la clase clerical durante la Semana Santa), y algunas legañas. Juraría que había acabado con ellas, ya en un par de ocasiones. Pero tal vez eso sucedió ayer.

A la vuelta del baño, me dirijo automáticamente a la máquina de café en busca de mi quinta dosis. Hoy tendré que quemar todos los cartuchos. Me encuentro en la sala de máquinas a una mujer. Está comiendo el contenido de una pequeña tartera púrpura semitransparente en una de las mesas dispuestas en la pequeña habitación. Mientras estoy sacando la modalidad más voluminosa y negra de café que el inventario de la cafetera es capaz de ofrecerme, la mujer me ha preguntado la hora.

-Son las 03:40 a.m.- le he contestado.

-Quieres decir p.m., ¿no?- me corrige educadamente.

-Si hubiera querido decir p.m., lo hubiera hecho.

-Vale, vale. Cada uno es cada uno. Seguramente, si le niegas la hora a la gente, la pila del reloj te durara más. Verdaderamente, hay gente para todo –ha concluido, como si hablara con la tartera, o con su contenido.

Para cuando la mujer me había dado por imposible, el café ya estaba listo. Lo he retirado de la máquina y me he vuelto a mi mesa, pensando en la puta pila del reloj. Pila traidora e inútil. Tan inútil que he pensado que era mejor no llevar reloj, y así evitar que me preguntaran la hora en lo sucesivo, con la más que probable consecuencia de quedar como un borde de manera absurda y gratuita.

Pero no he conseguido sacar el reloj de mi muñeca. El cierre parecía estar atascado, y por más intentos que he realizado, no he conseguido sino hacerme daño en las uñas, que, una tras otra, han ido poniendo a prueba su fortaleza contra la del malvado mecanismo (absolutamente dócil en el pasado cercano), como si de los caballeros de Camelot se tratara, intentando sacar a Excalibur de la piedra en la que el destino la alojó. Por espacio de lo que me ha parecido una eternidad, o puede que más, me he dedicado, iterativamente, a elaborar la única explicación posible a toda esta sucesión de hechos extraños que vienen ocurriendo hoy, para luego descartarla acudiendo a la lógica de lo posible. Pero poco a poco, la lógica ha dejado parte de su espacio al miedo y la ansiedad, hasta un punto en el que he decidido largarme de la oficina, para ir en busca de alguien con oficio suficiente como para librarme de lo que ya se me antojaba más unas esposas de reo, que una máquina para medir el tiempo. El cansancio sigue siendo aplastante. Miro el reloj, intentando calcular si aún tengo espacio suficiente como para pillar abiertas las tiendas, y leo las 03:40 a.m., una vez más. He tenido que hacer un gran esfuerzo para disimular los temblores que han sacudido mi barbilla, y retener las lágrimas que empezaban a abrirse paso por entre mis ojos enrojecidos e invadidos nuevamente por las legañas.

Ayudándome de la intensidad, ya escasa, de la luz en el exterior, he calculado que aún deben estar abiertos los centros comerciales. De manera que he cogido las llaves del coche y me he dirigido al garaje, con toda la diligencia que la sensación de llevar el peso del mundo sobre los hombros me ha permitido, y que no es mucha. Atlas no era más que un pringado. Como yo. Eso he pensado en el ascensor, camino de mi evasión.

A duras penas, y manejando el volante con las manos y la frente, a partes iguales, he conseguido llegar a un centro comercial que se encuentra relativamente próximo a la oficina. En el trayecto, he hecho tantas pirulas a los conductores circundantes, que si me hubieran hecho un seguimiento policial, todos los puntos de este carnet de conducir, y los de decenas de ellos más que hubiera podido tener en otras vidas futuras, hubieran volado sin remisión. El taller de relojería se encuentra en la planta baja (un pequeño grano de felicidad en medio del arrozal de angustia en el que se ha convertido el día de hoy), lo cual es probable que haya evitado que me estozolara contra el pico de un escalón, en alguna escalera mecánica poco cariñosa.

-Necesito que me quite este reloj de la muñeca –le he urgido al tipo de bata blanca y cara afable, que atendía el mostrador del taller, sin dar espacio a saludos y cortesías previas-, creo que el mecanismo se ha atascado.

-Sí. Está bloqueado. Pero no se preocupe. Quitaremos un eslabón y así podremos abrir la cadena.

Como si de una nueva Alicia se tratara, he aparecido en otro mundo distinto, al atravesar el espejo que ha supuesto la separación física que el hombre de la bata blanca ha procurado entre el reloj y mi persona. En una partícula de tiempo de inverosímil cortedad, todos los síntomas de mi derrota física y emocional, sufrida a lo largo de esta aciaga jornada han desaparecido. Entonces me he sentido despierto, fuerte, optimista y hambriento. Muy hambriento.

-Por cierto –me ha dicho el relojero- el reloj está parado. La pila se ha agotado. ¿Quiere que se la sustituya y vuelva a montar la cadena?

-No merece la pena. El cierre se ha estropeado.

-Bueno, lo cierto es que ahora funciona perfectamente.

-Si no es una molestia, le ruego que se deshaga del reloj, o lo aproveche como mejor le parezca. En este mismo momento, ha dejado de gustarme.

Al salir del establecimiento, una mujer, que denotaba urgencia y lucía aspecto descompuesto, me ha preguntado la hora. Me he disculpado mientras le mostraba mi muñeca vacía.

-Lo siento, no llevo reloj. Pero perdone, ¿Se encuentra usted bien? No tiene muy buen aspecto. ¿Necesita alguna ayuda? ¿Quiere comer algo? Precisamente me dirigía a…

-¿Ahora ligan ustedes así? –me ha interrumpido- Qué poco ocurrente, la verdad. No necesito nada de usted, pero ya puestos, quizá podría decirme dónde coño está el taller de relojería. Este puto reloj sólo sabe marcar las 03:40 de la madrugada.


Enero de 2011


Ilustración: Flaurash

viernes, 31 de diciembre de 2010

Reflexiones colaterales al asunto de la Ley Sinde





Al hilo de lo sucedido en estos últimos días en relación al asunto de las descargas de Internet que no pasan por taquilla, me hago una reflexión que no tiene que ver con la sustancia en sí del tema, sino con un hecho colateral que observé durante el proceso.

El día en el que el Gobierno perdió en el Congreso la votación para aprobar la famosa Ley Sinde, una de las preguntas favoritas de los periodistas a la Ministra (perpetradora del delito) era si pensaba dimitir. Otra pregunta que también tuvo mucho predicamento, pero planteada a otros políticos que no están en el partido que gobierna, fue si creían que la Ministra debería de dimitir. O sea, la misma pregunta en realidad, pero con mayor morbo y mejores probabilidades de éxito “periodístico”.

La pregunta, discúlpenme el exabrupto, es de una estupidez mundial. Y lo es porque lleva implícito el hecho de que cualquier miembro de un Gobierno sostenido por un partido que no tenga mayoría absoluta en el Congreso (hecho común, y cada vez más probable, según van las cosas), es carne de cañón permanente, no importa si su gestión es buena o mala. Es suficiente con que no prospere alguna iniciativa legislativa suya en la Cámara.

Dándole la vuelta a la cosa, me temo que un ministro que nunca debiera dimitir, ni ser preguntado al respecto, por mucho que fuera un desastroso administrador de ciudadanos, sería aquel que perteneciera a un Gobierno sostenido por un grupo parlamentario con mayoría absoluta. En ese caso, es probable que las preguntas de los periodistas fueran más hacia el manido asunto de la cruel insensibilidad del rodillo parlamentario. O sea, ni contigo ni sin ti, para variar.

No sé si lo pertinente es decir que uno nunca deja de sorprenderse en política; o justo lo contrario, y mantener que las cosas de la política ya no nos sorprenden jamás. Casi que me quedo con lo primero, que expresa un escepticismo sólo relativo, mientras que el de lo segundo es absoluto, y ya no tiene cura. Y no me indigna tanto la posición de los políticos, ocupados permanentemente en su trabajo, que no es otro que llegar al puesto de mando, como la de algunos periodistas, que se han acogido al “titularismo” como forma de ejercer su profesión, robándonos la ilusión, ya alojada hace tiempo en el almacén del romanticismo, de pensar que el llamado “cuarto poder” era del bando de los buenos. De nuestro bando.