El que sobreviva a este día y vuelva sano y salvo,
se pondrá de puntillas cuando lo oiga nombrar, engrandeciéndose ante San Crispín. El que sobreviva a este día y llegue a la vejez, cada año, en la víspera, convidará a sus vecinos y dirá: mañana es San Crispín. Después les mostrará sus cicatrices y dira: estas heridas las sufrí el día de San Crispín. Los viejos olvidan. Todo quedará olvidado. Pero él recordará, mejorándolas, las hazañas que hizo ese día. Y entonces nuestros nombres serán tan familiares como palabras caseras. El Rey Enrique, Bedford y Exeter, Warwick y Talbot, Salisbury y Gloucester, seremos recordados en sus copas rebosantes. Y los hombres buenos lo transmitirán a sus hijos. Y no pasará jamás el día de San Crispín, desde hoy hasta el fin del mundo, sin que, con él, seamos recordados. Somos pocos, pero somos felices porque somos hermanos. Pues el que hoy vierta conmigo su sangre, será siempre mi hermano. Y los caballeros ingleses que ahora duermen, se considerarán malditos por no haber estado aquí. Y les parecerá mísero su valor, cuando alguien les diga que luchó con nosotros el día de San Crispín.
A la
primavera en otoño que nos ha acompañado durante tantos días, ha debido de
parecerle ya excesivo su comportamiento excéntrico, y ha decidido emigrar hacia
el hemisferio sur. Me pregunto si las estaciones son sujetos individuales
carentes del don de la ubicuidad. Si así fuera, en algún sitio lejano han
debido de tener un otoño en primavera. Y me da la impresión de que eso es
correr peor suerte que la nuestra: la que hemos tenido con este inesperado
veranillo, en el que San Miguel no ha tenido más remedio que ceder protagonismo
a otros santos más tardíos en el calendario.
Ahora, tras
este último ciclo de carreras desordenadas, en este extraño juego de las cuatro
esquinas al que los meteorólogos suelen dar explicación con la boca pequeña,
supongo que ya todos estamos donde teníamos que estar. Ahora, las casas se han
enfriado con una urgencia de la que carecen las calles y los parques. Es como
si, al modo de las viejas lesiones de huesos, sus muros tuvieran reumas y
artrosis que les sirvieran de barómetro para anticiparse a los demás en el
conocimiento de los cambios climatológicos. Y entonces dejan fríos a sus
ocupantes. Literalmente helados.
Después de
muchas jornadas de azules, toca acostumbrarse de nuevo al gris, y eso siempre
es desconcertante. Así que, en los barrios importantes, que aún conservan sus
elegantes bulevares sembrados de bancos de forja y madera, podemos sentarnos y
observar un heterogéneo desfile de moda, donde las longuísimas modelos son
sustituidas por personas corrientes de muy diversas hechuras, y en el que
coexisten vestimentas de empaparse los pies, con otras que provocan inclementes
e inesperados sudores a quienes las lucen. Ahora, la luz del sol trabaja a
jornada parcial, y a media tarde pensamos que no se está ganando el sueldo. Y
aunque la oscuridad precoz hace de los periodos vespertinos momentos más
gélidos y rigurosos, la verdadera destemplanza se nos incuba en el cerebro, y
al ritmo circadiano se le averían las bujías.
Solo después
de varias semanas regresa una cierta normalidad. Aceptamos que no todos podemos
ser canarios, y nos conformamos con nuestra suerte. Es el momento en el que
sobre los tejados se distingue el lenguaje antiguo de las señales de humo; y
cuando Bert cambia de oficio, y pasa de pintar frescos en los pavimentos del
parque, a limpiar chimeneas. Cuando, al fin, el viento cambia de dirección para
que Mary Poppins sepa que ha llegado el momento de marcharse.
Uno de estos días tendría que comprarme unos
mitones, para vestírmelos mientras trabajo con el ratón del ordenador. Cada año
me lo digo. Y cada año, el otoño en otoño me sorprende habiendo incumplido mi
propósito. ‘Determinación del inconstante’ llamo yo a esto.
Cuando llegué a Madrid para estudiar
la carrera, alquilé un piso sencillo, pequeño, interior y, por supuesto,
barato. Si bien todos estos adjetivos, excepto el de barato,
podrían ser eufemismos de una calificación mucho más severa, lo cierto es que
era algo que se ceñía casi con exactitud matemática a mi capacidad económica de
consumo. Aunque siempre entendí que aquel piso
era literalmente una solución austera y práctica al problema de “habrá que
dormir en algún sitio”; lo cierto es que el piso y yo nos fuimos haciendo el
uno al otro. Supongo que yo más a él que él a mí.
Constaba el piso de 4 habitaciones,
también llamadas piezas en el argot inmobiliario de toda la vida. De toda mi
vida. A saber: hall-distribuidor, comedor-cuarto de estar, dormitorio-aseo y
cocina-ofice. Todo un lujo. Hay dos enfoques posibles en la comprensión del
tamaño de un piso, dado el hecho de poder denominar a cada habitación con más
de una palabra. El irreflexivo que induce a pensar que la multifuncionalidad
supone necesariamente mayor tamaño, al traer cada utilidad consigo sus
irrenunciables requerimientos de dimensionamiento; y el realista que desde el
principio asume que la versatilidad de uso es, por lo general, fruto de una
incuestionable limitación de espacio. El que yo fuera más del segundo enfoque,
no obstaba para que una de aquellas habitaciones me gustara y me hiciera sentir
cómodo, y aún orgulloso. Era la cocina-ofice. Y más concretamente la segunda de
sus partes. Se materializaba en una mesa de estudio colocada frente a una
ventana con vistas al patio interior. Y encima de ella, un flexo. Aquel pequeño
espacio casi invadido por encimeras y armarios altos, fue desde el principio un
sitio amigo para mí, en el que pasaba horas y horas; si bien no podía decirse
que lo hiciera por placer, sino porque la mesa y el flexo creaban un ambiente
propicio para el estudio, al que mi estatus de universitario responsable me
obligaba de manera tenaz. Por su parte, la ventana al patio era mi periscopio
para con el mundo exterior; y de aquel pequeño mundo, mi punto de atención
principal era la persiana de la casa de enfrente. Una persiana permanentemente
cerrada.
El patio interior de mi casa de
estudiante era cuadrado. Pequeño, de apenas cinco metros por lado, en cada uno
de ellos había dos ventanas pertenecientes a distintos pisos. Como es lógico, a
esa distancia, la rutina doméstica de cada uno estaba inevitablemente
condicionada por la del vecino de enfrente. Y también la mía, aunque de una
manera distinta. Yo dedicaba gran parte de mi tiempo a ensoñar sobre las mil y
una posibilidades que había detrás de aquella persiana, y que eran
inalcanzables para mí mientras no se levantara. Y no parecía que la situación
fuera a cambiar. Florencio, vecino de la finca y una especie de patriarca de la
comunidad, me solía decir que en aquella vieja finca no había quien quisiera
vivir, y que los que permanecían todavía, lo hacían de manera automática, sin
que la voluntad les interviniera en semejante hecho; y que aún así, alguno se aventuraría
a vivir en otro sitio menos familiar pero más cómodo, si no fuera porque los
pisos tienen unos precios tan altos como el viejo hospital de San Carlos, pero con
el inconveniente de que las preocupaciones asociadas les ayudan antes a
enfermar que a sanar.
-Mira hijo, sólo he visto en mi vida
algo tan sorprendente como el hecho de que alguien vaya a alquilar la casa de
enfrente de la tuya- me dijo Florencio una vez- ¿y sabes qué es?
-No tengo ni idea- contesté.
-Que tú hayas alquilado la de enfrente
a ella.
Pasé tantas tardes con la mirada
perdida en aquella persiana que sería poco decir que sabía exactamente el
número de lamas que la componían, porque además sabía cuáles estaban más
sucias, cuáles resquebrajadas y cuáles arqueadas por el paso del tiempo. Éstas,
las arqueadas parecían cambiar de sitio. Y cada vez que yo creía advertir esos
cambios, pensaba que se debía a que alguien había subido y vuelto a bajar la
persiana. En esas ocasiones, las lamas ya no pueden caer y amoldarse las unas
contra las otras de la misma manera en que lo hacían antes. Las lamas son como
las personas, y no existen dos iguales, ni son capaces de mantener su criterio
y su conducta sin enmendarla casi en cada nueva jornada.
Durante años no tuve con quién
discutir sobre la necesidad de cambiar las cuerdas del tendedero que compartía
con un inexistente vecino. Tampoco hubo en aquel periodo de tiempo, sino en mi
imaginación, ningún incendio que me permitiera salvar la vida de un niño
indefenso cruzando de una ventana a otra sobre un tablón de madera. Ni tuve la
oportunidad de ver con mis propios ojos un cruento asesinato, disimulando mi
presencia de testigo de cargo, contra una infinita oscuridad en el ofice que
tenía perfectamente planeada si llegaba el caso. No pude tampoco, distraerme de
mis estudios porque el corazón me fuera robado por alguna vecina cuyos hábitos y
manías hubiera estado dispuesto a tomar e incluso a amar, renunciando a parte
de mi identidad. La persiana eternamente cerrada. Esa
fue mi gran decepción en la época de estudiante en Madrid.
Completar la carrera me llevó los
mismos años que a casi todo el mundo. Años que terminaron por agotarse aquel
mes de junio en el que hacía tanto calor. El trajín de cajas y libros, y de
calcetines y maletas,y de objetos
inútiles que uno colecciona con perseverancia para acabar despreciando en cada
traslado, me hacían sudar un poco más, por si la temperatura no fuera
suficiente estímulo para ello. Fue comprobando que no me dejaba nada en mi
habitáculo de estudio, cuando vi la persiana de enfrente levantada. Corrí al
descansillo de la escalera, es decir, di media docena de zancadas, y encontré
la puerta del piso entreabierta. Una señora vestida con una bata azul, se
encontraba en su interior limpiándolo con movimientos pausados.
-Buenos días, señora. ¿Qué, le está
usted dando un repasito al piso?
-Sí, me ha enviado la agencia
inmobiliaria. Parece que el piso se va a ocupar.
Un ejemplo más de las juguetonas
decisiones del destino. Si Florencio tenía razón, y yo creo que la tenía, el
futuro habitante del piso estaría condenado a ver eternamente cerrada la
persiana de mi cuarto de estudio. En ese estado estaría desde el día siguiente.
-Que le sea leve la tarea- me
despedí.
-Gracias hijo. Lo que me queda es más fácil. Hay que ver lo que me ha
costado limpiar la persiana del pequeño cuartito anexo a la cocina. Parece que
llevara siglos acumulando polvo. Abril de 2005 Rev. en Julio de 2009
’Polimarica’
es un adjetivo que se inventó mi amigo Manolo cuando le conocí en la Escuela de
Arquitectura de Madrid a finales de los setenta. Eran otros tiempos. En aquel
entonces mi padre quería tener un hijo arquitecto, y el negocio de la
construcción no olía a podrido sino a Ferrero Rocher.
El
significado de polimarica es fácil y difícil de explicar. Fácil porque lo
nuclear de su definición se obtiene con un pequeño puñado de palabras, y
difícil porque sólo con la definición, resulta un poco complicada la
comprensión del concepto. Literalmente, polimarica sería aquel hombre al que
puede verse alternando con más de tres mujeres hermosas al mismo tiempo. La
cuestión cuantitativa incluida en la definición viene del elemento griego poli, que aportaría el concepto de
pluralidad, y más en concreto, del uso que las matemáticas, y otras materias, le
han dado. Así, por ejemplo, aunque el polinomio se define, en términos
generales, como la expresión matemática que contiene dos o más elementos
algebraicos conectados por un signo ‘+’ o por un signo ‘-‘; aquellas que
constan de dos y de tres se denominan específicamente binomio y trinomio. Queda
claro, pues, que al tipo que se le ve en compañía de dos mujeres se le
denominaría bimarica, y hablaríamos de un trimarica, en caso de que aquellas se
pudieran observar en número de tres.
No
obstante, para seguir en la medida de lo posible la costumbre gramatical que
nos lleva a utilizar el término genérico de un grupo de palabras de significado
similar, en lugar del específico que se le puede aplicar, y teniendo en cuenta,
además, que encontrar a un fulano paseándose de los brazos de cuatro señoras,
resulta verdaderamente complicado; polimarica acabó imponiéndose en nuestra
jerga, como término habitual y único, independientemente del número de féminas,
y siendo incluso el elegido cuando la proporción era de “uno a una”, siempre
que ésta, en ese caso, fuera una de esas mujeres de las llamadas “de bandera”
(entonces no existían los pibones; o al menos un servidor no recuerda el uso de
dicha palabra).
El
factor ‘marica’ dentro de la palabra no tiene explicación alguna, salvo que nos
remontemos a la época de los recreos en el colegio. En los partidos de fútbol
del patio solíamos reclamar falta cuando algún chaval habilidoso (más
habilidoso que nosotros) nos quitaba el balón de los pies. Como quiera que en
aquellos casos no había quien se aviniera a renunciar al juego para ser
árbitro, compensábamos la indiferencia y el nulo efecto que causaba nuestra
reclamación, mascullando entre dientes algún insulto al listillo. ‘Guarra’ o
‘cerda’ (en femenino, que jode más) eran bastantes socorridos para el propósito
de liberar la frustración. Pero, en realidad, lo he sabido años más tarde,
solíamos envidiar y admirar silenciosamente al chico que nos había birlado la
pelota. Porque era de los que se podía pedir Amancio o Gárate al comienzo del
partido, con garantías de estar a la altura.
Así
pues ‘marica’ no era un contrasentido, aunque es comprensible que lo pareciera
a primera vista. Al contrario, era más un signo de homenaje y alta
consideración. Siempre que hablábamos de un polimarica, lo hacíamos sonriendo y
con buen humor. Y la pronunciación era muy importante. Se vocalizaba haciendo
espacios entre sílabas, tal y como se hubiera escrito, si entre ellas se
hubieran intercalado guiones. Además, poníamos la voz al modo de Héctor del
Mar, impostando una gravedad tonal que no poseíamos.
Sólo
una vez en mi vida pude haber sido un polimarica. Creo que es algo que ya he
narrado en este dietario, pero el recuerdo del hecho siempre me persigue.
Sucedió muchos años más tarde de la época de Manolo, en el transcurso de una
fiesta nocturna de esas de desparrame, en las que el alcohol cunde como si se
hubiera adquirido en el mismísimo Caná de Galilea. Estábamos en el pueblo de mi
amigo Paco, y éste me presentó a dos chicas despampanantes. Desgraciadamente,
Paco me quería demasiado. Lo hizo anunciándome como “una de las mejores
personas que conozco”. Por supuesto, no volví a verlas en toda la noche. ¿Quién
quiere la compañía de una buenísima persona, justo la noche en la que el
objetivo fundamental es no recordar nada de lo sucedido a la mañana siguiente?
La
semana pasada me apunté de voluntario a la candidatura de Madrid 2020.
Básicamente, me impulsó a hacerlo el haber podido decirles en un futuro a mis
nietos nonatos, que su abuelo fue voluntario en la consecución de un hecho
histórico. Ahora tendré que buscarme algún otro logro que, eventualmente, pueda
impresionarles, y me parece que no tengo mucho donde elegir.
La
andadura de esta mañana me llevó por un sitio que ya me es bastante habitual. Cogí
el anillo verde ciclista de Madrid que pasa a un par de cientos de metros de mi
casa. Y llegué a la plaza de La Alsacia, de la que a tan solo un tiro de flecha
más allá, me di la vuelta para regresar por donde había llegado.
En
la plaza de la Alsacia hay una gran isleta central que hoy alberga la salida y acceso
a una estación de metro, además de un intercambiador de diversas líneas de
autobuses urbanos. Es, por tanto, un espacio de tamaño difícil de ignorar; y en
él, y en su momento, el entonces alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, hizo instalar
un pedestal de heroicas dimensiones que soportaba unas grandes letras con una
leyenda parecida a esta:
MADRID 2M12
Esta mañana, esa leyenda había vuelto de la tumba, y era de nuevo visible. Como
si se tratara de uno de los "otros" de Amenábar, el Madrid 2012
vigilaba los rostros de los ciclistas, corredores y paseantes de hoy,
escudriñando si su decepción de ahora era como la que hubo entonces, hace 8
años, cuando toda esta pesadilla comenzó. Pero no, no lo era. Yo lo sé porque
me he cruzado con todos ellos en mi paseo matutino, y lo he podido comprobar
con un rápido recorrido visual por sus semblantes callados. Y es que la
decepción es un objeto de disponibilidad finita, y se va agotando. Como las
galletas Chiquilín, ni más ni menos.
Un
par de kilómetros más allá, el anillo ciclista llega al Estadio de la Peineta,
en San Blas-Las Rosas. Allí donde otrora, ayer, pensábamos que iba a celebrarse
la ceremonia de inauguración de dentro de 7 años. Pero ya no podrá ser. El
estadio se ha convertido esta noche en un holograma, y se ha empezado a
pixelar. Los vecinos dicen que no quedará ni rastro de él en apenas 72 horas,
el tiempo justo para que a Bárcenas se le caiga del maletín algún otro
papelillo, mientras pasea inquieto por los pasillos de los juzgados.
Realmente no estaba de Dios -ese Dios mutante de 96 cabezas- que yo
fuera voluntario olímpico.
Aquella
noche, otra más de esas en las que mi cuerpo se relajó demasiado, acomodado en
el sillón de casa, la tele me despertó escupiendo a Carlos Tarque con su voz
desgarrada, y esa precisión imposible que imprime a cada nota que sale de su
boca entre abierta. Dicen Luís y Carlos, cuando vemos juntos el concierto de
“Sin enchufe”, cada vez que lo vemos, que “el muy cabrón, apenas abre la boca,
pero canta como si la abriera dos veces”.
Como estaba
solo cuando realicé este descubrimiento, no pude procurarme un cómplice que me
regalara el disco (CD más DVD, todo un chollo), de modo que me lo regalé yo
mismo. Eso ocurrió justo antes de que Carolina empezara a arrancarnos a todos
la piel desde cualquier altavoz, no importa dónde nos encontráramos.
Desde
entonces ya ha llovido, como dice la frase, nunca suficientemente “hecha” en
sitios como Murcia, lugar de origen de los MClan; y sin embargo cuando escucho
este concierto me parece que estoy ante una de los mejores trabajos del
pop-rock español de los últimos 10 años. “Sin enchufe” es un concierto grabado
en un local reducido, con un reducido público, pero con una cantidad de medios
inimaginables para las posibilidades de un grupo (que no sea poderosísimo, como
por ejemplo U2) a lo largo de toda una gira. Es, sencillamente, un momento
mágico en el que a la alineación habitual de vocalista, guitarras, bajo y
batería, de los MClan, se sumaron teclados, percusión, metales y coros; y aún
acordeón y un tándem violín-violonchelo en un par de temas.
Canciones que se han hecho muy populares como la
mencionada “Carolina”, “Llamando a la Tierra” (versión del éxito “Serenade from
the Stars” de la Steve Miller Band), “Chilaba y cachimba”, o este “Sin
equipaje”, lo han sido en la versión extraída de la grabación de este
concierto. Un auténtico lujo, se lo aseguro. Una verdadera suerte que aquella
noche alguien “saliera a buscarme con sus
botas de todas partes”.
Si yo les digo que una estracha es un conjunto de palabras dispuestas siempre en un determinado orden, y que constituyen un chascarrillo jocoso que varias personas comparten, incluso como modo de identificación grupal; o una expresión técnica que resulta indispensable en la confección de un documento formal con trascendencia laboral o jurídica; o simplemente lo que a Luis Aragonés se le pasó por la cabeza, y de allí a la boca, en un momento de calentón durante un partido de fútbol; puede que ustedes me dijeran que tengo el intelecto un poco descolocado. Pero si tuviera que asociar la definición precedente a un objeto gramatical, aunque nombrando a éste en inglés, y aún más, utilizando el acento propio del paisanaje de la mismísima Eaton Place, entonces ya la cosa va cambiando. ¿A que sí?
Si yo les digo que este espacio se llama Estrachas del Ocelote, créanlo porque es lo que reza el título del mismo. Pero "no me digan el porqué" (estracha singular donde las haya) de este nombre. Para eso tendrán que echar un vistazo por aquí, y preguntárselo al "Sabio de Hortaleza", caso de que se encuentren con él por algún rincón.