estrachas del ocelote

Pequeño almacén de letras



viernes, 21 de octubre de 2011

Dietario Errático (28-05-2011)



La pasada noche me he vuelto a despertar cuando no tocaba. No sé cuántos días de ocurrencia de un hecho convierten a éste en un hábito, pero espero que sean muchos porque si no, la cosa podría empezar a preocuparme. Ha sido una suerte, sin embargo, que no tocara trabajar hoy. A pesar de que dormir poco me sienta fatal, no tanto en el terreno de lo emocional, que también, como en el de lo físico; cuando he salido de casa tenía los ojos en su sitio, funcionalmente hablando, quiero decir; y en virtud de ello he podido distinguir que el tipo con el que me he cruzado al salir del portal iba ataviado con una camiseta del Manchester United. Toda ella roja; toda ella con las siglas AIG (que se corresponden con las de una de esas empresas que mira para otro lado, cuando todos miran, o deberían, a los efectos devastadores de la crisis financiera internacional. Pero esa es otra historia).

Los andares del tipo de la camiseta del Manchester no eran los de quien pasea alejado de las prisas cotidianas, sino más bien los de quien tiene encomiendas pendientes y recados varios por hacer. Vaya, que caminaba ligerito. A la hora de las cañas, y al hilo de este asunto, un amiguete me ha preguntado si el sujeto en cuestión tenía aspecto de guiri. Pero no. No lo tenía. Parecía más bien un tipo descendiente de una cadena ininterrumpida de, calculo, unas veinticinco generaciones ibéricas. De manera que he tenido que concluir en que su indumentaria era un acto testimonial. Un mensaje para cualquier viandante con el que se cruzara, incluidos los que no han dormido bien. La representación inequívoca, al fin, de un deseo íntimo e intenso.

Si el Barça perdiera la final de esta noche, podría estacionarme yo en la ventana de casa, por ver si pasa de vuelta el sujeto de la camiseta roja. Y aunque es bastante improbable que me decida a hacer tal cosa, estoy convencido de que el tipo llevaría un gesto de satisfacción en el semblante. El lógico, por otra parte, de quien ha resuelto satisfactoriamente todos los asuntos planificados para la jornada cuya finalización dicta la oscuridad de la noche.

jueves, 20 de octubre de 2011

Steve Jobs: Un empresario en vaqueros


Hasta hace apenas un par de semanas, solo un pequeño porcentaje de la población mundial (dentro del cual, un servidor no se encontraba) sabía quién era Steve Jobs. Es normal. Supongo que la popularidad mundial que acompaña a algunos personajes, se da fundamentalmente cuando éstos se dedican al ejercicio de la política o el deporte. O cuando son artistas de reconocido prestigio en el mundo de la música o del cine. Me da por pensar que el perfil del conocedor de la figura de Steve Jobs (antes de que su rostro fuera portada de todos los diarios y programas informativos del planeta) se corresponde con el de una persona experta en las grandes finanzas internacionales, ya sea como actor en ellas, ya como docente universitario o de una escuela de negocios. A este grupo, probablemente, faltaría por añadir a los incondicionales fans de la marca Apple. Que los hay. Pero en realidad yo no voy a referirme ni a los unos ni a los otros. Yo, de lo que quiero hablar es de los vaqueros de Steve Jobs.

Si alguien me abordara, inesperadamente, preguntándome a bocajarro sobre cuáles son los iconos inevitables que acompañan a la imagen y la vida de un empresario, me pondría en un aprieto gordo. De hecho, no sabría contestarle. Seguramente el pensamiento se me iría, en un primer momento y de manera intuitiva, a la galería de tópicos al uso. En ella encontraría que un empresario es un hombre muy, muy rico, al que le resulta de escaso interés cualquier asunto material o espiritual que no sea el ganar dinero. Una persona resuelta y ejecutiva, que piensa que la filantropía es una cualidad pasada de moda, si es que alguna vez lo estuvo, y que suele vestir con traje y corbata, si es hombre, o de traje de chaqueta, cuando se trata de una mujer.

Después de semejante definición, grosera, primaria y cargada de prejuicios, empezaría a perfilar un poco más. Como quiera que esta crisis recalcitrante ha puesto negro sobre blanco (aunque no se trate de algo nuevo) el hecho de que hay un montón de empresarios pequeños que no llegan a final de mes, no solo con las nóminas de sus empleados (que a menudo son menos de dos), sino con la despensa de su casa; me veo obligado a cambiar la deriva del disparo. Ahora voy a suponer que me preguntaran solo por grandes empresarios. O sea, aquellos cuyas compañías y productos han tenido un éxito apabullante en cualquier rincón de nuestro primer mundo (los otros mundos existen, pero no juegan en esta división, aun cuando forman parte nuclear del proceso de optimización de costes de las grandes empresas que están debajo de los grandes empresarios). Entonces, tengo que traer más ingredientes, imprescindibles, a la definición que venía intentando antes. Otros tales como el espíritu innovador, o la clarividencia acerca de cómo detectar las necesidades de las personas (o de inventarlas, si es necesario), o la utilización eficaz de los ventajosos mecanismos que existen en ese ente tan insensato que llamamos “Globalización”.

Ya creo que me voy acercando al resultado final. Pero aún así, no me atrevo a contestar a mi inquisidor imaginario. Y no lo hago, porque en un último momento de lucidez, recuerdo algo que todos damos por aprendido, pero que con frecuencia demostramos no saber. Y es que establecer estereotipos es un sinsentido, cuando se hace con las personas. No así en el caso de los fenómenos meteorológicos, campo en el que resulta más que útil.

Y ya está. Esto no me ha servido de gran cosa, porque no hay conclusión. Así que me voy a ver la tele un rato. Y veo en ella que los informadores ponen a la figura de Steve Jobs en la cima de una nube que representara alegóricamente el progreso humano. Y sí. Aunque nunca conocí a Steve Jobs, estoy seguro de que fue un gran tipo. Lo que no me queda muy claro es por qué una vez muerto, ha sufrido esa metamorfosis póstuma que lo ha llevado a ser un visionario, un ejemplo para todos, la persona que ha cambiado nuestro estilo de vida (sic), abandonando de esa forma el grupo formado por todas aquellas otras personas, que tan mala prensa tienen entre muchos sectores sociales, y que, como él, cumplen con las características de mi malogrado intento de definición de lo que es un empresario.

Y veo sus pantalones vaqueros. Y me pregunto cosas… que no consigo contestarme.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Dietario Errático (27-05-2011)


He podido saber por un libro de esos de divulgación científica (que tengo estratégicamente colocado en el cuarto de baño), que el gen de la mano de seis dedos es dominante sobre el de la de cinco. Esto significa que, tarde o temprano, la población del planeta en su conjunto tendrá seis dedos en cada mano. Eso, si Mendel no nos ha llevado al huerto con los conocimientos que de él hemos heredado, y que consideramos verdades. Eso, si para cuando esa multiplexación dactilar universal al fin se complete, aún queda planeta (de todo se puede obtener una lectura positiva: si la cosa fuera de efecto inmediato nos lo cargaríamos un 20% más deprisa). Eso, si aún quedando planeta, quedan para entonces propietarios de dedos.

Miro el cartel del Estudiantes que tengo en la pared, y me pregunto con tristeza que qué cantarán entonces los miembros de la Demencia. Porque no le veo buen arreglo, desde la ortodoxia de la métrica y la rima poéticas a aquello de:

Los dedos de las manos,
los dedos de los pies,
la polla y las dos bolas
suman todo veintitrés.

Maricón el que no baile…

En fin, me queda el consuelo de que puede que la mano que cada uno tenga destinada a echar un cable a los demás, sea, igualmente, más poderosa, más decidida y más solidaria. En eso, el listillo de Méndel no se mojó.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Dietario Errático (26-05-2011)


Mi hija adolescente se ha echado un novio. Así, con ese deje de despreocupación (y puede que un tonillo algo madrileño), suelo yo describirlo cuando toca hablar de ello. Y es que, aunque la mayoría de los testimonios paternos circundantes que he tenido ocasión de escuchar, han coincidido en alguna frase del tipo: “Ya verás cuando tenga un novio. Prepárate”, yo nunca le he dado mayor importancia a este asunto.

Ayer fui al colegio de mi hija, a ver la representación de “Otelo, el moro de Venecia”, obra en la que ella actuaba. Y tuve ocasión de conocer al chico. Según parece -eso me han dicho quienes le conocen de antes- se vistió una indumentaria escogida con cierto cuidado. Algo desviada de sus hábitos (nunca mejor dicho) de chaval al uso del siglo XXI. Es algo que considero comprensible, si uno se encuentra zarandeado por fuerzas de naturaleza extraordinaria, como por ejemplo “el marrón de conocer a su padre”. Tan solo tuve ocasión de saludarle, cosa que hice con la cortesía que la situación requería, y poco más. Sin embargo, esta mañana, al mirarme al espejo, me ha parecido distinguir un cierto bronceado en mi tez, en el que no recuerdo haber reparado antes. Hasta hace un par de días, sin ir más lejos.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Dietario Errático (Introducción a la cosa)


Un servidor no tiene por costumbre el encontrar cada día una buena idea para escribir un relatillo, o algún otro tipo de texto que echar a este almacén. Ni tampoco el tiempo necesario para completarlo de una manera más o menos satisfactoria, desde la óptica de lo subjetivo, caso de que la idea existiera. Y sin embargo, escribir algo, aunque sea una mínima reseña de lo que a uno le aconteció en una determinada fecha, no importa si su importancia es pequeña, puede ser una actividad igualmente satisfactoria. De hecho, en general los blogs tienden a utilizarse más para esto último, que para depositar ficciones en ellos.

Así que he decidido ignorar la máxima aquella de que nada aporta el “hablar por hablar” o, por extensión el “escribir por escribir”, ya que lo segundo no es sino una forma alternativa de hacer lo mismo que se hace con lo primero. Pienso, y además me resulta de utilidad hacerlo, que se trata de una máxima de mínima virtualidad, sobre todo para el que habla o escribe. Para ése, es una vía esencial para facilitar el escape de todo ese montón de residuos que se nos forma cada día como consecuencia de los pensamientos inútiles que nos inundan la cabeza. Así pues, digo, hace algunos meses que empecé a escribir por escribir, cuando no hubo una cosa distinta para ser escrita, que atendiera mejor a otras finalidades más concretas.

Y para materializar esa decisión creé este Dietario Errático. Se trata de pequeños textos a modo de diario, que aunque no constituyen un diario propiamente dicho, puesto que éste no es alimentado cada día; sí tienen una naturaleza parecida, porque el rasgo común de todos ellos es que son pequeños sucedidos de mi día a día, o reflexiones que yo me hago cuando me da por pensar. O sea, que yo soy el centro de gravedad de todos ellos. He tenido mis dudas, no crean, porque con esto, mi nivel de exposición a los ojos ajenos se multiplica. Pero, ¿qué quieren que les diga?, puede que el no enseñarse a los demás quizá no sea, después de todo, un síntoma de madurez, sino al contrario.

El Dietario Errático es una licencia que puedo permitirme porque el blog es mío, claro. Pero es una licencia que debo permitirme porque algunos días la montaña de barreduras intelectuales con la que llego a las horas finales del día, requiere algún tipo de acción terapéutico-limpiadora. Y si además lo hago con agrado, pues mucho más mejor.

En lo sucesivo, iré colgando de forma errática (no podía ser de otra manera), algunas de las entradas de este Dietario Errático, aquí, en la etiqueta de Rituales. Y ello hasta que algún día me dé por pensar que todo este ladrillo que les acabo de meter, no es sino una excusa de ocasión para abrir otra línea de “negocio”, o hasta que me dejen de ocurrir cosas. O hasta que no me apetezca más. Total, como en realidad nuestro mundo resulta a veces tan errático…

jueves, 22 de septiembre de 2011

Summer '68


Uno piensa que los instrumentos que se deben emplear en la interpretación de una determinada obra musical, están del todo determinados por el género al que la obra en cuestión pertenezca. Y creo yo que uno piensa bien. Al cante flamenco parece que no le va mucho el trombón de varas, sino la guitarra española, mientras que la trompeta cuadra muy bien en el jazz de Nueva Orleans, pero no tanto en el hard-rock, por decir algo. Sin embargo, hay multitud de ejemplos en la música en los que la mezcla, aparentemente heterodoxa, de instrumentos, da resultados magníficos. La canción que traigo es uno de esos casos. Summer ’68 es un tema perteneciente al álbum “Atom Heart Mother” de Pink Floyd. Un disco muy experimental, en el que el grupo no era todavía lo que fue después con sus grandes éxitos “The Dark Side of the Moon” o “Wish You Were Here”, esto es, lo que los entendidos han dado en llamar Rock Progresivo.

Mientras en las grandes canciones de los álbumes citados, la guitarra eléctrica tiene una importancia capital, en este tema sólo hay un poquito de acústica, y son el piano y los metales, elementos clásicos de la música sinfónica, los auténticos protagonistas. Recomiendo la escucha de la canción a un volumen tirando a elevado. En ese modo, yo tengo la impresión de que me hallo ante una especie de Carmina Burana del rock.




A mí me gusta el contenido completo del Atom Heart Mother, pero puedo comprender el escepticismo y las dudas que algunas de sus partes, quizá “demasiado” experimentales, provocan a veces entre sus oyentes. No obstante, esto que escucharán, si pinchan el enlace de arriba, es un temazo.