
Siguiendo la más pura ortodoxia de Hollywood, Eusebio entornó levemente los ojos y apretó los dientes para que su mentón pareciera algo más sólido y desafiante. Sujetó el mando a distancia con su mano derecha, situando la izquierda justo debajo para que le hiciera de base, y así dar al conjunto la firmeza necesaria. Al mismo tiempo, mantuvo las piernas separadas y ligeramente flexionadas, obteniendo así la estabilidad necesaria para no errar el disparo. Y no lo hizo. ¡Tui, tui! fue la respuesta acústica del coche.
Desgraciadamente para Eusebio, toda la pantomima fue observada por Enriqueta, la viuda sesentona del segundo B, que había aparecido, como por ensalmo, por la esquina de la panadería, y se deslizaba con calculada premiosidad por la acera de delante del portal, sujeta a su abnegado carrito de la compra.
Al llegar la mujer a su altura, Eusebio le dio los buenos días. Le salió al hacerlo un torpe proyecto de sonrisa mezclado con seña de duples. Ella le contestó, breve y digna. Sin mirarle. Y se alejó mientras la barbilla se le disparaba ostentosamente hacia el cielo azul.
Eusebio se encogió de hombros. Después de todo, su situación no era peor que la del día anterior, porque era casi seguro que su imagen a los ojos de aquella dura mujer no tenía ya empeoramiento posible. Una pena. Con lo que ella le gustaba, orgullo incluido, y probablemente no conseguiría nunca llevarla a pasear en su coche nuevo. El último coche de todos, que la jubilación no da ya para tanto dispendio.
Octubre de 2005 Rev. Octubre de 2009