“Para ser pintor o para ser músico hace falta un entrenamiento concienzudo de muchos años. Para escribir, para contar, las dotes necesarias las posee en su plenitud cualquier niño antes de ir a a la escuela: el dominio sofisticado del idioma, el instinto de dar forma narrativa a la experiencia”.
Antonio Muñoz Molina
Después de haberle buscado las vueltas a las palabras una y otra vez, intentando explicar en “estilo indirecto” qué es lo que había dicho Antonio Muñoz Molina cuando dijo esto que he reproducido arriba, he llegado a la conclusión de que era mejor dejarle a él mismo que lo explicara, con sus palabras de escritor reconocido, y obteniendo, además, la ventaja de que el contenido de una cita literal vinculada a un nombre de prestigio, es siempre más verdad que una idea idéntica expresada con las palabras que uno mismo es capaz de encontrar.
Cuando comprendí que yo podía escribir, no tuve racionalidad ni lucidez bastantes como para explicármelo a mí mismo, en términos tan simples y claros como el hecho de que ya conocía bastante bien el idioma español, y que además había alguna cosa dentro de mi cabeza que quizá merecía la pena ser contada y la oportunidad de ser leída. Ahora, habiendo hecho lo propio con un artículo de Antonio Muñoz Molina (que muy apropiadamente me hizo llegar un muy buen escritor amigo mío, perteneciente a ese numerosísimo grupo de ellos que no está en las estanterías de las librerías), me he cargado de razón en esta manía mía de intentar escribir, por mucho que no haya hecho lo propio con otras cualidades que adornan, y mucho, a Muñoz Molina. Tampoco se puede andar pidiendo milagros todos los días.
Así que ahora todo cuadra. Ya sé por qué abrí este blog. Y sé, además, por qué intentaré mantenerlo vivo durante mucho más tiempo; aún cuando esto último no lo haya sabido por Muñoz Molina (que él no podía conocerlo). Y es porque, en efecto, hay un puñado de personas que me han hecho saber, a su modo de decir sin usar palabras, que de vez en cuando les agrada darse un paseo por aquí, y echar un rato. Con lo valiosos que son los ratos de cada uno.
Y en homenaje a los buenos momentos que he pasado de chico -y no tan chico-, cuando en los viajes en coche jugábamos a contar hitos (que consistía en poner toda la atención posible para ser el primero en avistar –y advertirlo a gritos- el siguiente mojón indicador de un punto kilométrico de la carretera); cuento todo esto, justo al pasar por uno de esos mojones gordos. Esos esbeltos prismas triangulares, azules o rojos, que pese a lo simple de su constitución, ostentan la dignidad de un monumento, y que señalan los números más redondos de la longitud de las calzadas: en concreto, el 100.
Septiembre de 2011





